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Glengarry Glen Ross

12 Oct

Glengarry Glen Ross

David Mamet, adaptación de Daniel Veronese

“Señoras y señores, va a dar comienzo la obra de tenoatro…”. Algo así anunciaron por el megáfono en el teatro Lope de Vega de Sevilla. Después de unos quince minutos sentada en el asiento 20 de la fila 10 del patio de butacas, mis ojos dejaron de mirar la sorprendente decoración del interior del teatro con forma de tondo para centrar mi atención en el escenario. Las luces poco a poco se van apagando y el escenario va cogiendo un color blancuzco un tanto fantasmagórico. Silencio sepulcral. Veronese se dispone a juguetear con sus marionetas.

Tras unos segundos de infarto, Carlos Hipólito irrumpe en el escenario marcando un número de teléfono. Veronese nos presenta a Lavene, el más veterano de la inmobiliaria, cuyos jefes ya no parecen confiar en él. La llamada telefónica es más que suficiente para saber de qué pie cojea: su hija se encuentra muy enferma, y ya no le queda dinero para seguir con su tratamiento. Carlos Hipólito es una montaña rusa de emociones en toda la obra, su desesperación por aparecer en la “pizarra” llega a unos extremos peligrosos, el estar tan lejos de la victoria y tan cercano al fracaso lo lleva a ser una marioneta algo carcomida pero útil para su jefe, Williamson, el segundo en aparecer en escena.

Ginés García Millán encarna a este Al Pacino frío, al que poco le importan los problemas ajenos, y menos aún las personas. En ningún momento comprende la desesperación de Lavene, incluso en la primera escena, sentado en un sillón cómodamente mientras fuma y da tímidos sorbos a su copa de whisky, parece mofarse de la desgracia de un hombre al que considera desde hace ya tiempo prescindible en la inmobiliaria. Su presencia en el escenario es seria, callada en comparación con la descarga de emociones de Hipólito, por lo que nos hace pensar que algo esconde: una cara oculta que Veronese ha querido tapar para mostrarla en el segundo acto.

Los dos personajes desaparecen del escenario y entran Moss y Aaronow, interpretados por Alberto Jiménez y Andrés Herrera, respectivamente. Sin duda el personaje más cómico es el de Andrés Herrera. El actor conjuga perfectamente la debilidad, la inocencia, el infantilismo con la facilidad de ser manipulado tan característica de Aaronow. En cambio, Moss es el polo opuesto: la manipulación, la falsedad, la traición concibe el dinero. Dinero como fuente de poder y como cuerda para ascender en la vida social y laboral. No le importa traicionar a sus amigos si él es el beneficiado. Tanto es así que planeará el robo de los contactos de la inmobiliaria, cuyo títere será Aaronow.

La luz se apaga en el escenario Veronese, congela la imagen, no se ve nada. Hay murmullos en el gallinero. La luz se enciende como si de un flashback se tratara, y otros dos actores se encuentran ya colocados en escena: Richard Roma, en primer plano, y Lingk, sentado detrás, interpretados por Gonzalo de Castro y Jorge Bosch, respectivamente.

Roma se encuentra mirando más allá del público, atravesando a los espectadores y la pared del Lope de Vega. Empieza a hablar, y con este monólogo particular Veronese pinta y moldea la personalidad del camaleónico Ricky Roma. Nos habla de sexo, de las mujeres, con un tono un tanto nihilista, bohemio, como si nada de sus errores pasados le importase a pesar de haber engañado repetidamente a su mujer con adolescentes. Después filosofa acerca de la vida, el miedo a la pérdida, el fracaso, y el dinero. Se considera una persona que sabe vivir porque no teme a nada, pero gracias al miedo de sus clientes él se encuentra en lo más alto de su carrera profesional. Tal vez el fallo de Veronese haya sido ablandar la actitud de Roma en su análisis psicológico: Roma es demoledor, carente de escrúpulos: es una víbora que huele el miedo de sus contactos, que mide cada respiración y cada palabra. Por ello Roma tenía que haber estado frente a Lingk, con las narices casi pegadas, susurrándole palabras cargadas de veneno, haciéndolo más débil, regodeándose en su miseria. Él se siente un ganador, no tiene miedo a la pérdida porque jamás ha perdido, le habla a su presa pero a la vez se está ya imaginando en el cadillac, con miles de dólares en su bolsillo y una mujer en cada brazo.

Podría pensarse que el papel de Roma le iba a venir grande a Gonzalo de Castro en esta obra, pues se le exigía más que el protagonismo, pero su actuación fue más que sobresaliente. Los que fueron al teatro buscando al indeciso Gonzalo de 7 vidas o al cínico y borde doctor Mateo se han encontrado con un ganador nato, un hombre que rebosa seguridad, frialdad y carente de toda moral, sin duda un dibujo casi calcado del Roma de la fábula de Mamet.

Sin embargo, fue demasiado secundaria la actuación de Jorge Bosch, quien encarna a un Lingk demasiado cómico, pero no nos “parte el alma” con su trágico final. Es muy difícil leerle en la cara el dolor ante la traición de un amigo, porque apenas si Veronese nos deja mirar más allá de él.

Se apagan las luces. Cuando volvemos de la oscuridad se nos presenta la inmobiliaria con todos sus personajes encerrados en aquella jaula de celos y mentiras: los contactos han sido robados y el principal sospechoso es Aaronow, Lavene vuelve al mercado al vender ocho parcelas y Roma ya tiene su negocio con Lingk casi zanjado. ¿Final feliz, entonces? Aquí empieza la magia del teatro, y Veronese es un mago que siempre sabe sorprender.

¿El final? Vayan al teatro, acomódense y disfruten. ¡Han sido los 20€ mejores invertidos de mi vida!

María López González

 

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2 comentarios

Publicado por en 12 octubre, 2010 en La última fila

 

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2 Respuestas a “Glengarry Glen Ross

  1. Miri

    12 octubre, 2010 at 4:54 pm

    (L)¿para cuándo otra María? ¿cinco horas con Mario?

     
  2. Tyler

    13 octubre, 2010 at 12:55 pm

    Lo leí en su momento… Genial, María! EL público pide a gritos más!

     

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