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La infancia de las cofradías

22 Abr

No podemos olvidar en qué época del año nos encontramos, ni lo que significa, así que por fin pubicamos un artículo que llevaba bastante en stock, esperando el momento oportuno. Escrito por la profesora Silvia Pérez, este texto nos acercará un poco más a la historia de la tradición que se vive estos días en las calles de Sevilla y buena parte de España.
Si el artículo te parece demasiado largo para su lectura en el ordenador, ¿por qué no lo imprimes? Aquí adjuntamos el PDF.

La infancia de las cofradías

Sus orígenes bajomedievales

            Este año, por motivos académicos, me encuentro fuera de España en Semana Santa. Cada tarde, desde Sheffield, me conecto por Internet a alguna de las cadenas televisivas que retransmiten las procesiones. A partir de los diversos planos que ofrecen se toma rápidamente conciencia de la cantidad de personas que cada tarde dejan temporalmente sus barrios para dirigirse al centro de Sevilla a ver cofradías, cuestión de la que no te percatas si formas parte de esa bulla irracionalmente ordenada. Viéndola he pensado que para la inmensa mayoría de los hombres, mujeres y niños que con ojos llenos de ilusión, fe, sorpresa o emoción contemplan el discurrir de los pasos de misterio y de los palios, las cofradías siempre han sido tal como hoy las conocemos. Y nada más alejado de la realidad histórica. A ello va dedicado este artículo.

            Antes de pasar al desarrollo de esta cuestión hemos de hacer algunas precisiones terminológicas. Solemos utilizar, como si fueran sinónimos, los conceptos cofradía y hermandad, cuando aluden a realidades diferentes. Una hermandad es, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico promulgado en 1917, cc.700-725, una asociación constituida a modo de cuerpo orgánico que tiene por fin ejercer obras de caridad o de piedad; cuando esta hermandad se dedica al culto público recibe el nombre de cofradía. Por tanto, podemos concluir que existen hermandades sin ser cofradías, pero también cofradías que no son hermandades. Es decir, pueden existir hermandades que son cofradías, cofradías que son hermandades, hermandades solas sin ser cofradías, y cofradías que no son hermandades. En la Baja Edad Media el término que se emplea para hacer referencia a estas instituciones es el de cofradía[1], pero todas ellas eran hermandades pues todas tuvieron hospital y se dedicaron a fines benéfico-asistenciales

            ¿Cuándo surgen las cofradías, que aún no son de Semana Santa? La respuesta a este interrogante está claramente determinado por el lugar y el momento. No se trató de un fenómeno generalizado en la Europa cristiana medieval, época que las vio nacer, sino que cada región gozó de su momento. Claro está que en Andalucía el proceso de nacimiento de las cofradías, que aún no son de Semana Santa y no lo serán hasta el siglo XVI, comenzó una vez que la sociedad musulmana fue sustituida por la castellana cristiana y ésta alcanzó el estado de madurez necesario para la gestación y alumbramiento de estas instituciones. Si hemos de dar una fecha, ésta sería el siglo XIV.

            ¿Por qué nacen las cofradías? El surgimiento de las mismas obedece a dos razones fundamentalmente. Existe una causa que podemos calificar como antropológica, en el sentido de que el hombre, genéricamente hablando, presenta una tendencia natural a asociarse a sus semejantes para lograr determinados fines, que a título individual serían difícilmente alcanzables, y a realizarse en comunidad. Por otro lado hemos de tener en cuenta una serie de iniciativas, individuales o colectivas, que materializaron esa tendencia de la que hablábamos en forma de cofradía. En ambos casos queremos dejar claro que las cofradías bajomedievales fueron mayoritariamente instituciones eclesiásticas con un carácter auténticamente laical. A través de ellas los laicos encontraron la mejor forma de encauzar, dirigir y controlar su religiosidad pues, aún reconociendo su vinculación con la Iglesia, consiguieron preservarla de una injerencia directa de ésta.

            ¿Para qué se fundan las cofradías? Hemos de dejar claro que estamos hablando de instituciones cristianas. Por ello existió en ellas un primer objetivo de carácter piadoso-cultual, esto es, rendir culto a un santo, a María, a Cristo, que se convirtieron en sus patrones. Esta devoción podía practicarse a título individual, pero como hemos indicado más arriba el hombre entiende que colectivamente puede hacer mejor lo que realiza individualmente.

            Junto a la actividad cultual existió un objetivo con mucho peso dentro de las cofradías y que en buena medida explica el éxito y rápida difusión de estas instituciones. Nos estamos refiriendo a las actividades benéfico-asistenciales. De hecho la gran mayoría de las cofradías estudiadas por nosotros tienen un hospital y se utiliza el término Hospital y Cofradía de…a la hora de referirse a ellas. Pero no podemos dar respuesta a la pregunta de si surgió antes la cofradía o el hospital.  Pudo ocurrir que existiendo previamente una cofradía ésta decidiese fundar un hospital para canalizar sus actividades internas (actos de culto) y las de índole benéfico-asistencial. Por tanto, la cofradía precedió al hospital en cuanto a una existencia previa. También pudo darse el caso de que, habiéndose fundado primero un hospital, luego nació en él una cofradía para atenderlo. La iniciativa de este nacimiento pudo partir de un particular o de un número determinado de personas ligadas a un oficio o a un grupo social determinado.

            Estas acciones benefactores desarrolladas por las cofradías fueron dirigidas hacia los no cofrades pero, sobre todo, hacia los integrantes de la corporación quienes recibieron un triple auxilio en la enfermedad: moral, siendo acompañados durante la dolencia; espiritual, con la exhortación a la confesión y comunión; y material mediante la asistencia médico-farmacéutica en el hospital propio de la cofradía con todos los gastos pagados; ayuda pecuniaria o en el trabajo. También existía una solidaridad laboral de tal manera que los cofrades que lo necesitaban recibían la colaboración de sus hermanos en aquello que estuviese de su mano. Igualmente las cofradías efectuaron préstamos en dinero a cuantos cofrades se vieron acuciados por alguna deuda.

            Dado que la muerte dominaba la mentalidad de una época en la que las tasas de mortalidad eran muy altas, las cofradías se convirtieron en las instituciones más demandadas por sus conciudadanos para que los atendieran en su tránsito a la gloria eterna, motivo que se halla detrás de muchas inscripciones para integrarse en ellas como cofrades. La demanda era de tal magnitud que algunas de ellas, las corporaciones más prestigiosas, llegaron a una situación de desbordamiento de mandas testamentarias que las obligaron a declinar las peticiones.

            Esta atención en el tránsito de la vida del más acá al más allá cobra especial sentido en los entierros, a los que las reglas de las cofradías dedican una número importante de sus capítulos. El ceremonial comenzaba cuando tras la muerte del cofrade

los miembros de la corporación acudían a su casa para velar el cadáver. Al día siguiente del fallecimiento se organizaba el cortejo fúnebre que acompañaba al difunto para ser enterrado, asistiendo al mismo todos los cofrades de forma obligatoria bajo pena de diferentes multas. Sobre el féretro iba colocado el paño de la cofradía. Si el cofrade moría fuera de la ciudad se acudía hasta la puerta de la muralla para recibirlo. También se contempla la posibilidad contraria: un cofrade que muere en la ciudad y su lugar de enterramiento está fuera de ella. Entonces el acompañamiento llegaba hasta la puerta de la misma.

            Una vez que el cadáver del difunto era conducido al lugar donde se iba a enterrar, los cofrades permanecían durante las honras con las candelas en las manos y, durante las mismas, cada uno de ellos rezaba por el alma del finado un número determinado de Padrenuestros y Avemarías. Las celebraciones pro remedio animae incluía un número variable de vigilias, misas cantadas y misas rezadas, no sólo el día de la inhumación sino también con posterioridad a éste para reducir la estancia del alma del cofrade en un destino casi seguro para todos: el Purgatorio. Y no sólo los cofrades recibían esta asistencia por parte de la cofradía. También las mujeres, los hijos y otros familiares de los cofrades tenían el mismo derecho, si bien los derechos se iban reduciendo en proporción directa al grado de parentesco.

Procesión de Santa Marta, fotografía por Alejandro Bolaños (H)

            Esta actividad benéfico-asistencial requería unos ingresos con los que costearla. Las vías de financiación utilizadas por las cofradías fueron varias. En primer lugar ofrecieron sus servicios de entierro y honras fúnebres al resto de la ciudadanía mediante la figura del encomendado, esto es, una persona que pagaba de forma puntual los costes de su inhumación y de las celebraciones por su alma. Pero lo más frecuente es que se donara a la corporación alguna propiedad que generase rentas regularmente, lo que obligaba a ésta a implicarse activamente en la economía de la ciudad. Sus propiedades: casas, censos, tierras, capital artesanal y ganados, tuvieron una presencia destacada en el mercado de arrendamientos, compras, ventas, traspasos, etc., de estos bienes, especialmente los primeros, los arrendamientos, que constituyen el tipo de contrato predominante. En este sentido las cofradías, participando de la tónica general de la que hacen gala las instituciones, muestran un absoluto desdén por enriquecerse y lucrarse: sus propiedades son objeto de arrendamientos por un periodo largo de tiempo, a fin de garantizar la percepción de unas rentas fijas y de quedar liberadas de desplegar un estricto control de los mismos, entre otras razones, porque sus dirigentes, integrantes de juntas de gobierno bastante reducidas en comparación con las actuales, carecían del tiempo necesario para efectuar una férrea administración del patrimonio cofrade.

            Hasta ahora hemos hablado de cofradías bajomedievales pero en ningún momento hemos hecho referencia a cofradías de Semana Santa, esto es, a corporaciones que en la noche del Jueves o Viernes Santo abandonan sus hospitales como centros de culto privado para salir a la calle y celebrar un acto privado como es la estación de penitencia. Ello no ocurrirá hasta finales del siglo XV y el proceso se fue gestando a lo largo de la centuria anterior.

            El siglo XIV constituye un momento de inflexión en la Historia de Europa. Buena parte del mismo estuvo dominado por circunstancias tan adversas como el hambre, la guerra y, sobre todo, la epidemia de peste negra que azotó al continente y que mermó a la población europea en casi un 50%. Ante este panorama desolador el hombre de la Edad Media adopta distintas actitudes y busca diferentes soluciones. Las que a nosotros nos interesan para entender el origen de las cofradías de Semana Santa son aquellas relacionadas con un sentimiento de culpabilidad: el hombre se siente culpable porque ha pecado, ello ha provocado la ira divina y busca la manera de conseguir el perdón divino para aplacar los castigos recibidos.

            Coincidiendo en el tiempo con este proceso se extiende en la Iglesia europea la devoción por la Sangre de Cristo. San Francisco ha humanizado a Jesús celebrando su nacimiento y su muerte, poniendo fin a la imagen románica del Pantocrátor donde hay una ausencia de la naturaleza humana, eclipsada por el poder divino todopoderoso. Ahora se cree en Cristo que ha venido a la tierra a salvar al hombre mediante su pasión y muerte en la cruz, mediante el derramamiento de su Sangre que se convierte así en Sangre que salva del pecado y permite alcanzar la gloria eterna.

            Uniendo esta creencia al deseo de encontrar el remedio a las culpas que han provocado el castigo de Dios surge en la Cristiandad, animada por predicadores como san Vicente Ferrer, la creencia de que imitar a Cristo en el derramamiento de sangre mediante la flagelación pública es una de las mejores vías de alcanzar la salvación. Y son precisamente las cofradías que tienen entre sus motivos devocionales el culto a la Sangre de Cristo donde esta práctica flagelante como purgadora de pecados comienza a realizarse públicamente en los dos últimos días de la Semana de Pasión. Insistimos que ello no tiene lugar hasta que la creencia ha madurado y se ha arraigado en la religiosidad popular, lo que no ocurre sino hasta finales del siglo XV y principios del XVI. Aquí tenemos las primeras procesiones con unos desfiles marcados por la austeridad: encabezándolo el estandarte cofrade seguido de los cofrades de luz, en cuyo cuerpo procesionaban las mujeres, los de sangre, que eran los flagelantes, y cerrándolo unos clérigos portando un crucifijo. Nada de flores ni de bandas o agrupaciones musicales, tan sólo una trompeta y un tambor templado tocando a dolor. Luego llegará la Reforma, tras el triunfo del protestantismo, y con ella el Barroco dando lugar a una explosión artística que dará a las procesiones una impronta que se mantiene en buena medida hasta nuestros días.

            Quiero terminar este artículo con una reflexión. Las cofradías bajomedievales tuvieron una incidencia sobre la vida urbana que fue primordial, hasta el punto de que constituían uno de los elementos más activos dentro del contexto social como consecuencia de las diversas funciones que cumplían, dando siempre en respuesta a las más candentes demandas de sus cofrades, sobre todo,  y de sus conciudadanos. A través de relaciones sociales, laborales, jurídicas, religiosas, y de vecindad, estuvieron conectadas a todos los hilos del tejido social urbano que contempló el fin de la Edad Media y el comienzo de la Modernidad.

En la actualidad, en términos generales, existe una queja entre las juntas de gobierno de las cofradías en relación con la falta de implicación de los cofrades que sólo acuden a la casa de hermandad para retirar la papeleta de sitio y el día de la estación de penitencia. A tal demanda habría que responder preguntándonos qué hacen las cofradías por sus hermanos, pues la beneficencia que todas ellas desarrollan, de acuerdo con sus posibilidades, suele estar dirigidas a colectivos no cofrades. ¿Por qué los cofrades bajomedievales estaban tan activamente implicados en sus cofradías? Además de la penalización de las multas por el incumplimiento de las obligaciones, los miembros de estas corporaciones se sentían respaldados por ésta en sus necesidades y por ello cumplían con sus obligaciones e, incluso, compensaban económicamente a la corporación, compensación con la que ésta atendía más demandas. El sistema era perfecto. Quizás habría que tomar ejemplo.

Profesora Doctora Silvia María Pérez González,

Universidad Pablo de Olavide

Visita nuestros enlaces relacionados para más información.


[1] La documentación que nos sirve de base para las afirmaciones recogidas en este artículo es la constituida por los Protocolos Notariales de Sevilla y de Jerez de la Frontera

 
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Publicado por en 22 abril, 2011 en Revolutum

 

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