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Waidmanns Heil

27 Sep

Rostros grises, llenos de arrugas y con los labios apretados formando una especie de arco. Rostros alegres, personas que hablaban de lo acontecido en la manifestación de los indignados del 19J. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos rostros dejaron de lado el lugar que les había servido de asiento para dirigirse al andén donde el autobús estacionó. A paso lento y casi con desdén, formaron una especie de fila que se enflaquecía conforme se alejaban del autobús.

Ahí estaba yo, esperando para poder entrar y con los auriculares puestos del que salía la música de Rammstein. Mirando a las personas que allí estaban y temiendo que me iba a quedar sin asiento. Avanzaba la fila a paso lento, algunas personas aprovechaban para contar sus monedas hasta completar la cantidad suficiente para pagar el billete, otros esperaban a estar frente al conductor del autobús para comenzar dicha tarea. Ralentizando aún más el paso de la fila “¿por qué no se compran la tarjeta del consorcio? Les sale mucho más barato el viaje, y además, tardas menos en pagar…”.

– Buenas noches- saludé al conductor cuando conseguí adentrarme en el vehículo. Vi que movía sus labios pero no escuché palabra ya que el volumen de la música no me lo permitía. Supuse que contestaba a mi saludo.

Avancé rápidamente al asiento que quedaba libre junto a la ventana. Asientos de esos que le das la espalda al conductor y te permite ver el resto del autobús. Cuando me acomodé me fije que frente a mí tenía un hombre mayor, arrugado y rechoncho, que portaba un bastón negro y una papada que le ocultaba el cuello. A su derecha había un hombre que a juzgar por el color de su piel y rasgos faciales, debía proceder de algún país Sudamericano hispanohablante… Mientras hacía estas conjeturas, a mi derecha se sentó, como buenamente pudo, un chaval que rondaría los 17 años, moreno de piel y cabellera, abrazado a su monopatín. Ninguno de los cuatro nos dirigimos un saludo, estábamos callados y con la cabeza gacha o mirando por la ventana. Había como un cierto miedo inconsciente a cruzar miradas o a que te descubran curioseando el espacio del otro. Nunca entendí el por qué de todo esto y quizás sea la razón por la que no me siento avergonzado a que me descubran husmeando con la mirada. Es más, gracias a ello, descubrí que el chaval sentado a mi derecha era francés, ya que estaba escribiendo un mensaje de texto en ese idioma.

El conductor cerró las puertas del autobús y empezó a maniobrar para sacar el vehículo del andén. En mis auriculares una canción terminaba y empezaba otra…

“Ich bin in Hitze schon seit Tagen, so werd ich mir ein Kahlwild jagen und bis zum Morgen sitz ich an damit ich Blattschuss geben kann”.

Mis oídos escuchaban atentos el desarrollo de la canción. Estaba realmente metido en ella.

“Auf dem Lande, auf dem Meer lauert das Verderben; die Kreatur muss…[1]

– ¡Me cago en los muertos! ¡Es que me cago en los muertos!- Sonaba de fondo una voz desgarrada con tal volumen que suplantaba al que producían mis auriculares.

– ¡Es que estoy harto! ¡Me cago en los muertos de to el mundo!- Mis ojos buscaban al personaje que propiciaba dichas oraciones. La cosa fue fácil porque dos personas lo miraron con gesto sorprendido al igual que el mío. El resto de la gente permanecía callada, pasando de largo, como si ese sujeto no existiera.

– ¡Me cago en los muertos del conductor que nos va a matar! ¡Que semos 50 personas! ¡Me cago en los muertos de la guardia civil, de la nacional!- La voz provenía de los últimos asientos que hay al fondo del autobús. Me recordaba a la voz que mi mente le adjudicó al Pascual Duarte de Camilo José Cela cuando lo leí en su tiempo.

No llegué a enterarme bien de la retahíla del susodicho. Se intercalaba su voz con mi música. Siendo los insultos, así como sus destinatarios, las palabras que más se dejaban oír. El hombre mayor dirigió su vista al suelo, su compañero de asiento esbozó una sonrisa y el francés nervioso escupió un “¿qué pasa?, ¿qué coño dice?” o al menos eso interpreté o quise entender. Fue el momento en el que decidí quitar la música que mucha gente califica de ruidosa o jauría de perros para escuchar otra clase de ruidos.

– ¡Es que no paráis! Desde que os habéis montado no habéis parado y tucutú y tucutú ¡Me tenéis harto!- el cazador alzó violentamente el brazo y se recostó en el asiento mirando con rostro férreo a su presa. El silencio se hizo en el autobús, su conductor subió el volumen de la radio. Una mujer que rondaría los 50 años se giró y le dedicó al susodicho el mejor rostro de desprecio que podía, yo no lo vi, pero estoy seguro que fue una de esas miradas que matan solo de la impresión.Yo buscaba atónito la presa que debía estar padeciendo los disparos a bocajarro de aquel hombre. No tuve que hacer un gran esfuerzo pues cerca de él había dos mujeres musulmanas. Una de ellas portaba una hiyab, la otra vestía con ropa típicamente occidental. El hombre las miraba con gesto hostil.

Ellas irrumpieron el silencio a los pocos segundos hablando en alguna lengua árabe. Él, antes de que ellas pudieran terminar una frase, disparó de nuevo, señalándolas de manera inquisitiva.

– ¡Esto es la ostia! ¿Es que no podéis hablar en español? Estamos en el autobús 50 personas y todos españoles porque estamos en España- Con la mano que señalaba, golpeó el respaldo del asiento que había frente a él. Se escuchó un murmullo de descontento y una voz juvenil, entre risas, que venía del último asiento del autobús

– Yo soy cubano, mi padre alemán y mi madre chicana. Dijo una voz desde atrás pero el hombre hizo caso omiso y continúo con el monólogo- ¿Es que acaso no queréis que nos enteremos de lo que estáis hablando?

– Señor, estoy hablando con mi amiga de nuestras cosas- dijo la mujer que portaba la hiyab, con voz tímida y vista al frente.

– ¡Me cago en la ostia de los musulmanes estos! Si vives en España tienes que hablar en español, sino, vete pa tu país- Los pasajeros que hasta entonces se habían mantenido al margen empezaron a demostrar su indignación de manera más sonora. Encabezada la protesta por la mujer de la hiyab.

– Señor, usted tiene que respetar mi religión y mi idioma al igual que yo respeto el suyo y el de los demás. Tiene que ser más tolerante con los demás- El hombre rió con desprecio y, acto seguido, posó sus brazos en el asiento de en frente. Desapareciendo así de mi campo de visión.

– Yo hablo con mi amiga en árabe porque nos sentimos más cómodas hablando así. No tengo ningún problema en hablar el español…

El hombre interrumpió a la mujer acompañando su discurso con un gesto amenazante:

– Eso lo dices ahora para quedar bien, pero los musulmanes sois todos unos intolerantes. No respetáis ná.

En ese momento una mujer delgada que portaba un vestido azul marino hizo acto de presencia en el interior del vehículo. Se levantó y se acercó a las mujeres musulmanas hasta situarse de tal manera que le daba la espalda al susodicho. Ella, amistosamente, se presentó y comenzaron una conversación acerca de lo que habían hecho en Sevilla. Las tres habían ido a la manifestación del 19J e intercambiaron breves comentarios sobre lo ocurrido. Mientras tanto, el hombre se acomodó relajando su espalda en el respaldo del asiento que ocupaba. Por su posición parecía que estaba diciendo “mira tú por dónde estoy rodeado de idiotas” y por el gesto de despedida de la muchacha tanto a las musulmanas como al cazador parecía estar diciendo “ahí lo llevas idiota”.

Algunos rieron tanto hacia a fuera como para sí mismos, pero el que más, el acompañante de la muchacha del vestido azul marino. Las mujeres musulmanas continuaron hablando en árabe y el hombre calló tornando la conversación consigo mismo bajo la proposición “estoy rodeado de idiotas”, estoy seguro. Parecía cabreado y sin munición.

Me bajé en la primera parada al igual que la muchacha del vestido azul marino. Estaba deleitado con la manera en que habían interceptado el saludo del cazador. Se me pasó por la cabeza dar mi enhorabuena a la mujer, pero cuando eso ocurrió, ella ya estaba bien lejos.

Adrián del Río Rodríguez

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[1] Traducción de la estrofa: Estoy que ardo estos días, así que me voy a cazar una cierva. Y hasta la mañana acecho agazapado, para así tener una buena puntería”. “En la tierra, en el mar, la perdición está al acecho. La criatura debe…”

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2 comentarios

Publicado por en 27 septiembre, 2011 en Tintero

 

Etiquetas:

2 Respuestas a “Waidmanns Heil

  1. carlos

    30 septiembre, 2011 at 11:44 am

    Una historia entretenida, aunque cuando dices “las musulmanas continuaron hablando en musulmán”, no sé a qué lengua te refieres.

    Un saludo,

     
  2. miriamsm91

    1 octubre, 2011 at 11:53 pm

    Error cierto es, discúlpanos, obviamente se refería al árabe. Perdón, Carlos.

     

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