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Don Pablo de Olavide

12 Oct

La sorprendente, peregrina e iluminada vida de un americano en Sevilla: Don Pablo de Olavide.

Olavide en sus años de Asistente de Sevilla. Plancha grabada por Moreno tejada. Biblioteca Nacional. Madrid.

Fue nombrado también Síndico Personero de Madrid, algo así como un representante, un tribuno, un diputado del común, la voz del pueblo y sus necesidades ante el Cabildo Municipal, proponiendo varias medidas de reforma y procurando mejorar las condiciones de vida de los vecinos de los barrios, insistiendo en la necesidad de crear escuelas y talleres de formación e insistiendo también en que era necesario administrar mejor las rentas de propios y arbitrios de la ciudad, con lo que acabó enfrentándose a alcaldes y regidores tan aristocráticos como ausentistas, que vieron en peligro sus posiciones. La gente de los barrios en cambio le aclamaba por las calles.

El ministro Aranda, conocedor de esta experiencia y estas habilidades, nombró a Pablo de Olavide en 1767 (es decir, sólo un año después de haber entrado en la política activa) nada menos que Asistente de la Ciudad de Sevilla e Intendente de Andalucía. El Asistente era como un delegado del gobierno en la ciudad  para presidir y coordinar el ayuntamiento, y que debía aplicar los decretos y reglamentos emanados del poder central; y el Intendente una especie de supergobernador; cargos que casi siempre habían estado desempeñados por miembros de la más rancia aristocracia. Por eso, cuando Don Pablo pisó al ayuntamiento de la ciudad hispalense, toda la nobleza local se le vino encima: ¡un arribista, un pelagatos, un donnadie, un peligro para la ciudad, un reformista!

Y Olavide no les decepcionó. Los ignoró olímpicamente. Se fue a vivir al Alcázar, cuyas habitaciones rehabilitó, y puso en marcha un importante plan de obras para arreglar la desconchada ciudad: reformó los barrios rotulando las calles, quitó los estorbos que impedían el paso a las personas y carruajes, puso alumbrado público, organizó el servicio de recogida de basuras, persiguió a los que acaparaban el trigo y encarecían los productos en los mercados, rehabilitó la Alameda de Hércules, construyó el paseo de las Delicias, fundó un teatro en la plaza del Duque, mandó hacer el primer plano de la ciudad -puesto que increíblemente a esas alturas de 1767 aún no existía ninguno- arregló la calle Betis, hizo una playa en el Guadalquivir para que la gente se bañara en el verano, pero ay!, entró enseguida en conflicto con demasiada gente poderosa y contra todos a la vez: quiso regular las corridas de toros, quiso regular las cofradías (decía que había demasiados santos en las calles y a todas horas), quiso regular los enterramientos en las iglesias, el tráfico descontrolado de carrozas y caballos por las calles estrechas, quiso que todos pagaran impuestos, que algunos tuvieran menos privilegios, y en sus tertulias del Alcázar, al parecer, hombres y mujeres hablaban juntos de temas impropios y en lenguas extranjeras, bailaban mezclados ambos sexos, y oían músicas extrañas… y sobre todo -decían como el mayor de los pecados- Olavide, en la misa, cruzaba las piernas.

Además y por si fuera poco, decidió entrar a reformar la Universidad. Era necesario que la ciudad contara con un gran centro de estudios, y no con un refugio, afirmaba, de oscurantismo y casi superstición. La ciencia, la razón, el estudio, el análisis del hombre y de la naturaleza, debían constituir las nuevas claves del saber. Para ello realizó un ambicioso plan de reforma introduciendo nuevas carreras, nuevas disciplinas, nuevos profesores, gabinetes de física y química, laboratorios, bibliotecas… la vieja universidad se resistió a la reforma con todo lo que pudo. Publicaron en su contra todos los libelos, desde los púlpitos se llamó a la insurrección contra el reformador de las tradiciones, contra el iluminado, contra el innovador… algunos se prepararon para acabar con él por el camino más tortuoso: denunciarlo ante la inquisición por hereje y antirreligioso. Para aliviar la presión que las fuerzas vivas de la ciudad ejercían contra él, desde Madrid le ordenaron que, como Intendente de Andalucía, fundara y estableciera pueblos por todo el camino real entre Cádiz y La Mancha, para poblar aquellos descampados y evitar el bandolerismo. Olavide trajo colonos de media Europa y repobló con casi cuarenta nuevas localidades (La Carolina, La Luisiana, La Carlota, Prado del Rey…), una buena porción de Andalucía que aún hoy tienen en alta estima tener a Olavide como su fundador.

Pero el mecanismo levantado en Sevilla contra Olavide en la Junta Suprema del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición siguió su lento, siniestro y oscuro camino. En 1776 Olavide fue detenido y encerrado en Madrid en las cárceles de la Inquisición, desposeído de todos sus bienes y cargos, incomunicado, aherrojado, y acusado de hereje formal, de seguir los mandatos de Voltaire el anticristo, de perseguir a la santa religión y corromper las santas costumbres. Sus amigos y antiguos valedores presintieron que, tras él, todos los demás de su generación reformista seguirían el mismo camino, que este juicio era contra los intentos de regenerar el país, y que mejor sería callar y no inmiscuirse en el asunto, no insolentar más a la iglesia, bajar el nivel de las reformas, dejar todo como estaba, no mirar, no ver, no decir… Olavide fue sentenciado a destierro perpetuo en un monasterio en las frías montañas castellanas y se ordenó que su memoria se olvidara para siempre. Solo un amigo suyo, el sevillano conde del Águila se atrevió a preguntar: “¿Dónde tienen a Olavide? ¿Qué han hecho con él”.

Pero el destino, de nuevo, jugó a su favor. En vista del mal estado de sus piernas, llagosas y entumecidas, a los pocos años se le permitió ir a curarse al convento de los dominicos de Murcia, y poco después se le autorizó a tomar baños sulfurosos en La Mancha; luego (un burócrata que desconocería de quién se trataba autorizaba traslado tras traslado) se le consintió ir a los de Gerona, y desde allí, en un carricoche veloz que lo sacó a escondidas, huyó a Francia llegando a París triunfalmente como aquel que regresa efectivamente del infierno. Olavide, el perseguido por la crueldad de la inquisición española, fue recibido como un héroe en la capital francesa. La Academia lo aclamó, se le dedicaron encendidos discursos, afirmándose en alguno que “Vos y cien como vos necesita España”. Pero el rey español escribió a su pariente el rey Luis (al que luego le cortarían la cabeza) diciéndole que lo detuviera, que era un fugado peligroso. Olavide entonces se enmascaró: tomó una nueva personalidad, comenzando a llamarse a sí mismo el Conde de Pilos, viviendo como un gran aristócrata en los salones más refinados de París, el gran ilustrado, el gran sabio, el gran políglota, el gran hombre de mundo.

Y en 1789 le agarró de nuevo la historia: en París, el pueblo tomó la Bastilla, apresó a los reyes, se reunió la asamblea nacional, se levantó la guillotina y se proclamó la república. Olavide fue testigo de cómo sus amigos parisinos, los más exquisitos aristócratas, fueron primero detenidos y luego decapitados por antirrevolucionarios. Don Pablo entonces temiendo lo peor, se sacó la máscara: alto, soy el español Olavide, el perseguido por reformador, el acusado por la Inquisición. Pudo salvarse, pero ello originó su detención. Aquella experiencia significó su gran decepción: el sueño de reformas, de cambios, de lograr un mundo más justo según sus criterios, había sucumbido, decía él, ante el terror de una revolución que, afirmaba, se había salido de su cauce. Fue encerrado en el castillo de Cheverny, con más de sesenta años, y desde allí, triste y abatido por el tiempo y el desengaño, escribió su obra más conocida, El Evangelio en Triunfo, una especie de exaltación de las virtudes cristianas, en el que atacaba a la revolución, a los cambios sin sentido y a los devaneos de la razón frente a la fe. Junto con el libro escribió también al rey español, Carlos IV (Carlos III ya había muerto) solicitándole el perdón y la gracia de poder volver a España: “Señor, el más desgraciado entre todos los vasallos de Vuestra Majestad que en otro tiempo ha tenido la honra de ocupar grandes empleos y la felicidad de que fuesen aceptados sus servicios, acude hoy a implorar la clemencia de V.M. desde un país extranjero, a donde le han conducido sus infortunios, y en el cual ha encontrado mayores amarguras que las que padeció en su patria. Soy, Señor el desventurado Olavide, a quien la misericordia del Altísimo quiso hacer sufrir en esta vida el justo castigo que merecían sus culpas”.

En 1798 volvió Olavide a Madrid asignándosele como retiro forzoso su finca de Baeza. En su exilio entre olivos, volvió a animarse: siguió escribiendo e inventando, nuevas novelas y nuevos poemas, de amor curiosamente, un proyecto de lengua universal –una especie de esperanto- y varios diseños de obras públicas que, obviamente, nunca se ejecutaron. Finalmente en Baeza murió en 1803 a los 77 años, después de que lo visitaran varios de los que fueran sus amigos por años (músicos, filósofos, geógrafos y naturalistas) ilustrados como él, y también vencidos y arrinconados, en aquel reino ruinoso y decadente como era la España prenapoleónica.

La derrota del tiempo pasado fue también la derrota de sus ideas y de sus proyectos, de toda la generación. En todo caso, les quedaba el regusto de lo intentado, algo conmovedor visto desde nuestros días, sabiéndolos convencidos del sueño que, alimentado por las luces y la razón, podía haber servido para lograr un mundo mejor.

No fue así, hasta hace pocos años. Por eso, ver a Don Pablo en su casa, en la UPO, me parece que es una forma muy hermosa de remediar esta injusticia histórica, de acabar con tanto olvido como el que cayó sobre una generación que creyó en la ciencia y en el progreso en tiempos bien difíciles. No sé si habéis notado que cada edificio de la UPO lleva el nombre de unos de esos ilustrados de su generación: los hay escritores como Moratín, juristas como Ayala, pintores como Goya, geógrafos como Malaspina o Ulloa, políticos reformadores como Aranda o Ensenada, químicos con Fausto Elhuyar, naturalistas como Mutis o Azara, mujeres como Josefa Amar… Todas y todos ellos crearon, pensaron, escribieron, lucharon por cambiar las cosas; si no lo lograron entonces, nos dejaron en cambio un camino abierto. Nos lo dejaron a deber, y ahora es nuestro-vuestro tiempo.[1]

 Plano de Sevilla, 1771, mandado confeccionar por Pablo de Olavide

Juan Marchena F.

Director del Área de Historia de América.

Facultad de Humanidades. UPO.

Bájate este archivo en versión PDF


[1] Nota: Si queréis saber más sobre Olavide, en la biblioteca (UPO) hay varios trabajos al respecto. Escribí dos biografías sobre él, una titulada Pablo de Olavide. El espacio de la Ilustración y la reforma universitaria (UPO, 2000) y otra, El tiempo ilustrado de Pablo de Olavide. Vida, obra y sueños de un americano en la España del S. XVIII (Alfar, 2001). También tenéis las obras clásicas sobre el personaje: Marcelin Defourneaux, Pablo de Olavide o el afrancesado (México, 1965), Antonio Aguilar Piñal, La Sevilla de Olavide (1767-1776) (Sevilla, 1966) y Luis Perdices Blas, Pablo de Olavide, 1725-1803. El Ilustrado (Madrid, 1993). Y una novela de Antonio Cascales, Rodafortuna (Barcelona, 1988) e incluso una obrita de teatro que yo mismo escribí y que se representó hace años en la UPO y por todos los pueblos que fundara Olavide, titulada Contra el Olvido: Pablo de Olavide. No hay películas sobre él ni donde él aparezca, pero os pueden servir para ambientaros en su generación Esquilache, de Josefina Molina (1989),  Volaverunt, de Bigas Luna (1999) o Los fantasmas de Goya, de Milos Forman (2006). Y si queréis oír la música que tanto le gustaba, no dejéis de escuchar el Fandango o Música nocturna para las calles de Madrid de Luigi Boccherini, compuesta en 1798 y que fue utilizada en la banda sonora de la película Master and Commander de Peter Weir (2003).

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1 comentario

Publicado por en 12 octubre, 2011 en Revolutum

 

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Una respuesta a “Don Pablo de Olavide

  1. Leonardo del Arco Lloreda

    17 julio, 2012 at 11:34 pm

    Gracias por el articulo, son pocas las personas que hablan con claridad sobre la obra y vida del fundador de las Nuevas Poblaciones, mis antepasados fueron parte de sus queridos colonos, llegaron con un sueño, que se cumplió, pues con ir a los pueblos por él fundados se puede comprobar. La utopía se izo realidad. Aunque también hay que decir que sus gobernantes han dejado mucho que desear y lo han tenido y lo tienen en el olvido.

     

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