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La dama de negro

03 Ene

LA DAMA DE NEGRO VISITA EL CUARTO DE MI PEQUEÑO

ENSAYO ANTROPOLÓGICO DELA MUERTEDELOS NIÑOS

“Empezó con calentura, ardor por todo el cuerpo,
Y unos espasmos horribles y un dolor aquí, en el pecho,
Su cabecita sudaba, se quejaba por entero,
A veces abría los ojos y me decía ¡Te quiero, te quiero!
Y me desgarraba el alma al ver a mi hijo, el primero,
Hecho bolita en su cama con un dolor en el pecho.
Yo lo miraba a sus ojos, le acariciaba su pelo,
Quería mitigar con frases lo que él está sufriendo.”

Fidencio Escamilla Cervantes

La muerte es considerada como la muerte física del cuerpo porque el alma, el espíritu, (que forma parte del ámbito de la religión) tenía otro destino en las sociedades cristianas. La muerte es el signo de la finitud de la vida y en la cultura judeo-cristiana es considerada como algo doloroso, convirtiéndose en un tema del que raramente se habla, casi convertido en un tabú. Recordemos lo versos que nos brinda Elías Nandino (1900-1993) en su poema ¿Qué es morir?

Morir es

alzar el vuelo

sin alas,

sin ojos

y sin cuerpo

Según nos cuenta William Worden “el duelo representa una desviación del estado de salud y bienestar, e igual que es necesario curarse en la esfera de lo fisiológico para devolver al cuerpo su equilibrio homeostático, asimismo es necesario un período de tiempo para que la persona en duelo vuelva a un estado de equilibrio similar. Por esta razón, Engel ve al proceso de duelo similar al proceso de curación […] del mismo modo que los términos sano y enfermo se aplican a los cursos en el proceso de curación fisiológica, también se pueden aplicar al curso que toma el proceso del duelo”[1]. Worden también nos dice que “el duelo es un proceso y no un estado” y que implica una serie de tareas de elaboración de la pérdida que “requieren esfuerzo”[2].

Existen numerosos tipos de pérdidas, como la muerte de un hijo, dolor que ha sido definido como uno de los más profundos y difíciles de afrontar y resolver en el tiempo. En todas las sociedades la defunción de los niños es un hecho dramático, es un acontecimiento desolador ver cómo desaparece la vida de un ser vivo antes de poder haber tenido la oportunidad de haberla vivido. Los temas de nuestro ensayo son las creencias, mitos y ritos de las culturas populares sobre la muerte de los niños, haciendo una clasificación entre los niños bautizados y aquellos que murieron sin haber sido liberados del pecado capital.

Todos nosotros nacemos en una cultura determinada, cuyas creencias vamos incorporando a medida que crecemos en nuestro ámbito. El ser humano no nace con la conciencia de la propia muerte ni con su representación, pero a medida que vamos creciendo vamos aprendiendo lo que esta significa y empapándonos de las creencias culturales que nos rodea. Las reacciones para afrontar la pérdida de un niño son muy diversas. Podríamos poner un ejemplo, en algunas sociedades hay una transformación de esos sentimientos de tristeza en alegría porque el pequeño está libre de todos aquellos males de una vida que por suerte o fortuna no podrá vivir. En La Eneida se describe cuando el héroe troyano, Eneas, baja a los infiernos y se encuentra a los aoroi, (“muertos antes de tiempo”) que no son más que las almas de los niños, y oye el gemido de quienes, “en el umbral d la existencia, fueron privados de la dulzura de la vida y arrancados del seno de sus madres”[3].

El trato fúnebre a los niños varía en las distintas religiones cristianas y culturas populares. La cultura cristiana, de la que hablaremos durante todo el escrito, da un destino insoportable para aquellos niños fallecidos antes de poder haber sido bautizados, negando a la madre dolorosa la imagen de su niño en un destino bienaventurado. Este hecho fue el causante de un enfrentamiento entre las masas populares yla Iglesia, la cual condenaba el alma de ese pequeño o a las llamas eternas del infierno o (con un poco de suerte) al limbo (del que hablaremos luego), que no es más que una zona intermedia entre el cielo y el infierno.

Los niños muertos sin bautizar tenían peor destino que aquellos bautizados por lo que se optó por la creación del limbo como medida definitiva para este problema, una zona intermedia entre cielo e infierno. Primero hay que distinguir dos tipos de limbos: el limbus patruum, que acogía a los patriarcas del hebraísmo y a los hombres justos que vivieron antes de Cristo; y el limbus puerorum, donde habitan los niños que llevan consigo el pecado original. Aquí los niños no eran sometidos a los tormentos (damnatio) infernales sino que vivían en una privación (dammnum) de la visión de Dios. El purgatorio es tal y como lo describe Dante Alighieri en el Purgatorio (VII, 28 y sigs.):

Hay allá abajo un sitio al que entristece

lo oscuro, y no el martirio, y de lamentos

y deseos –no de ayes– se estremece.

Tienen conmigo [Virgilio] allí sus aposentos,

los que mordió la muerte siendo infantes

que no estaban de culpa exentos.

Como hemos dicho ya, la religión cristiana distingue entre los niños muertos tras haber recibido el bautismo[4] y aquellos que no pudieron recibirlo. En las culturas populares no hay distinción al respecto, pues todos aquellos niños que mueran tienen un destino celestial. Podemos poner algunos ejemplos, todos en las regiones de Italia.

Antaño en Molise, una región del sur de Italia, las madres visitaban con frecuencia las tumbas de sus hijos y vertían sobre ellas unas gotas de leche materna para que los pequeños no pasasen hambre en el más allá. Con el paso de los años esta leche se convirtió en agua bendita expulsada por unos aspersores. En la mayoría de las regiones italianas, como en Apulia (también al sur), los niños fallecidos son vestidos con las mejores galas mientras que por sus cuerpos se esparcen flores y peladillas. En ocasiones también se les rizan los pelos para asemejarlos a la imagen de los ángeles. Se les introducen en los féretros con los brazos estirados porque, como no han pecado, no tienen que implorar la gracia de Dios sino todo lo contrario, se les ponen ramos de flores en las manos para ofrecérselas a Jesús. En esta cultura se elimina cualquier cosa que pueda recordar al luto. Los amigos y familiares consuelan a la madre y por la noche realizan una sarsana, que no es más que una cena festiva.

En Nápoles las costumbres y tradiciones son también muy parecidas, aunque hasta hace poco a los niños se les vestían como ángeles con unas alas postizas, flores en las manos y un clavel en la boca mientras que en las cabezas de las niñas se les colocaban una guirnalda de lirios y rosas. La madre no tenía que guardar luto porque su hijo había subido volando al cielo ya en forma de ángel.

En Emilia-Romaña a los niños se les vestían con ropa sin costuras para que pudieran echar a volar sin que nada les pudiera estorbar. Una costumbre parecida recorre toda el área romana, tal y como nos cuenta Placucci: “Si los campesinos olvidan ponerle una camisa al niño muerto, por la tarde la cuelgan fuera de la ventana, creyendo que el niño irá de noche a ponérsela. Se toma la precaución de que el niño no lleve encima ningún tipo de nudo ni lazo porque, según dicen, no podría caminar por el otro mundo”[5]. En la provincia de L’Aquila, concretamente en Pettrorano sul Gizio, también aparece la imagen del niño difunto como futuro ángel.

Como podemos deducir, la muerte se celebra en un ambiente festivo, el cortejo que acompañaba al féretro iba al compás de los sones de las campanas, y a veces los amigos y familiares celebran un banquete. También podemos apreciar que todas estas costumbres tienen las mismas creencias: que el niño difunto se convierte en un ángel al servicio de Dios, aunque no son las únicas costumbres populares.

En Bolonia, capital de Emilia-Romaña (en el norte de Italia), está situada entre el río Reno y el Sávena, cerca de los Apeninos, las madres y demás mujeres hacían nudos en el cordón que ceñía el niño difunto. En Bretaña, península en el noroeste de Francia, “si el niño lleva al cuello un rosario o un cordoncillo con un breve o una medalla, se suele hacer en él varios nudos, creyéndose así neciamente que su alma se acordará de orar ante Dios por tantos parientes o personas como nudos haya”[6]. En los Alpes Cárnicos todo aquel que visita a un niño muerto hace nudos en los cordones con el mismo fin anteriormente expuesto.

La ideología cristiana declaraba que el bautismo era algo esencial para la salvación y que aquellos muertos no bautizados[7] tenían como destino o el infierno o el limbo, donde se les negaría la visión de Dios. El bautismo era fundamental para convertir al niño en un ser humano. En el siglo XIII la ceremonia se realizaba la primera semana después del nacimiento.

El bautismo era tan importante que incluso en las culturas populares, por temor a que muriera el feto, se realizaba el bautismo al saco amniótico mediante unas cucharitas especiales que se llenaban de agua bendita y se introducían en la vagina. M. Zalba nos dice que “si es peligroso esperar demasiado [que tenga lugar el parto], procúrese sub conditione el bautismo en el mismo útero”[8].

En palabras de san Agustín (34-430): “Cabe preguntarse el motivo […] de que sean condenadas las almas que han sido creadas por las criaturas singulares que nacen, si los niños mueren antes de haber recibido la señal sacramental de Cristo. Las Sagradas Escrituras, la propia tradición testimonial de la Iglesiaatestiguan que están condenadas si han salido del cuerpo en tal condición”[9]. “Sabemos  que quienes  no han nacido todavía no hicieron nada en vida ni bueno ni malo […] pero contrajeron el contagio de la antigua muerte debido al vínculo que tenían fortuitamente con Adán en el acto de su avenida al mundo. No pueden por ello ser liberados del suplicio de la muerte eterna”[10]. “El niño, dicen los pelagianos, aunque no esté bautizado, por el solo mérito de su inocencia, ya que no lleva en sí en absoluto los pecados propios ni el original, ni por sí ni el derivado de Adán, tendrá necesariamente vida eterna, aunque no haya sido bautizado”[11]. San Agustín niega la existencia del limbo, “no hay ningún lugar intermedio en el que pueda dejarse al niño”[12] o también dice que “a los niños no bautizados nadie se atreve a prometer, entre la condena y el reino de los cielos, cualquier intermedio de reposo y felicidad que esté en alguna parte. Esto les ha prometido la herejía pelagiana”[13].

Algo similar nos dice Fulgencio de Ruspe (468-533): “Convéncete y no dudes en modo alguno de que no solo los hombres dotados de razón, sino también los niños que comienzan a vivir en el útero materno […] o que ya han nacido, y abandonan este mundo sin haber recibido el bautismo […] deberían ser castigados con la pena del fuego eterno”[14].

Santo Tomás afirmaba que el niño muerto sin bautizar no merecía la pena del fuego eterno, Gerson y el cardenal Cayetano decían que había una posibilidad de que Dios atendiera la plegaria de los padres cuyos hijos habían muerto con el pecado original.

En la época medieval hubo dos concilios fundamentales que marcaron la cultura popular. Estos concilios son: 1) Concilio de Florencia (1439), afirmaba que las almas de quienes morían sin bautismo iban al infierno y allí tendrían distintos castigos; y 2) Concilio de Trento, que negó la posibilidad de no bautizar a los hijos con el pretexto de que ya estaban bautizados sus padres. Pero por su parte, Calvino realiza otra afirmación: “Ellos [los católicos] sostienen que si un niño muere sin bautismo será privado de la gracia de la regeneración; él [es decir, el interlocutor reformado] responde que es falso. Dios declara que adopta a los niños neonatos y los tienen para sí, antes de que vean la luz, diciéndonos que Él será Dios de nuestra simiente después de nosotros. Su salvación consiste en esta palabra […] y sería cometer una norme injuria contra Dios negar que su promesa logre hacer real cuanto en ella se contiene”[15]. Es más, “incluso cuando un niño no pueda ser bautizado a tiempo, no ocurre jamás que Dios no le consienta ser recibido en Él […] porque ha hecho esta promesa: Yo seré tu Dios, de la simiente que vendrá después de ti”[16].

Por último tendremos que añadir lo que recoge el antiguo Código canónico que dice que “no hay que admitir a la sepultura eclesiástica a quienes han muerto sin bautismo”.

Todo este recorrido histórico es importante realizarlo a la hora de pararnos a comprobar y comprender las creencias, prácticas, e incluso los reflejos folclóricos, en las sociedades actualmente.

Durante mucho tiempo los niños eran inhumados en el campo como si de pobres animales se trataran. A la desolación por la pérdida de un hijo se le añadía aquella de no poder recibir sepultura por lo que rápidamente se adoptaron otras medidas al respecto. Se comenzaron a enterrar a los niños no bautizados y a los fetos bajo los altares de las iglesias o en los muros de los cementerios para que el agua de la lluvia actuara como agua bautismal. A veces también se enterraba al pequeño en una zona intermedia entre el suelo bendecido y el no bendecido. Estas prácticas pronto entraron en enfrentamiento contra las autoridades teológicas.

En Francia se preparó una zona especial para los niños no bautizados una zona de terreno dentro del cementerio pero estas tierras no estaban consagradas. En Italia el reglamento de policía sanitaria mortuoria de 1976 autorizaba la inhumación de los niños nacidos muertos y de los fetos en los cementerios públicos, aquí ya no se hacían distinción entre zona consagrada y no consagrada. Alrededor de estas prácticas vieron la luz numerosas creencias folclóricas en las clases populares europeas actuales, la gran mayoría reflejadas también en la literatura.

Como podemos ver en todo este escrito, en la cultura popular el alma del niño (bautizado o no) siempre tiene un destino celestial pero este destino no es compartido por la religión cristiana. El catolicismo condena las almas de aquellos inocentes no bautizados primero con el fuego eterno y luego mediante la creación del limbo, pero a pesar de esto los familiares siguieron enterrando a los niños en iglesias o cementerios incluso realizando las prácticas de sanctuaires à répit. También con este tema de investigación he podido comprobar que el alma del niño no bautizado se convierte en las creencias folclóricas, y sobre todo en la literatura, en un espíritu normalmente burlón que no para de realizar travesuras, en algunas culturas son almas algo malignas, y que persiguen a los campesinos en los caminos para que sean sus padrinos y poder ser bautizados para acabar con esta condena y ascender a los cielos.

David Granado Hermosín

BIBLIOGRAFÍA

  • Calvino, J. Institution de la Religion chrestienne, ed. Crítica de G.B. Benoit, París, 1957, vol. IV.
  • Di Nola, Alfonso M. La negra señora: antropología de la muerte y el luto. Barcelona: Balaqva, 2006.
  • Fulgintii. De finde ad Petrum, 27, 61, Ench. Patristicum, n. 2271.
  • Le Braz, A. La légenda de la mort chez les Bretons armoricains, 1ª ed. París, 1902, reimpresión, Marsella, 1982 vol. II.
  • Placucci, M. Usi e pregiudizi dei contadini di Romagna. III, Dei mortorj, ASTP, III.
  • Zalba, M. Theologiae Moralis Compendium. Madrid, 1958, vol. II.
  • Worden, W. El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1997.
También disponible en versión PDF..

[1] Worden, W. El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1997, p 26.

[2] Íbid., p. 27.

[3] Di Nola, Alfonso M. La negra señora: antropología de la muerte y el luto. Barcelona: Balaqva, 2006, p. 230.

[4] En la ceremonia del bautismo, el niño era exorcizado, se le hacía la señal de la cruz con agua bendita y se le envolvía en una sábana de hilo, en la que sería enterrado en caso de que falleciera prematuramente. Al bautismo infantil también se le denomina pedobautismo.

[5] Placucci, M. Usi e pregiudizi dei contadini di Romagna. III, Dei mortorj, ASTP, III, p. 485.

[6] Le Braz, A. La légenda de la mort chez les Bretons armoricains, 1ª ed. París, 1902, reimpresión, Marsella, 1982 vol. II, p. 80.

[7] Aunque entre finales de Edad Media y principios de la Edad Moderna existieron unas prácticas documentadas que se llamaban sanctuaires à répit, que no eran más que una ceremonia de bautismo a los niños muertos. Para ello, mediante la invocación de diferentes santos o ala Madre Virgen, tenían que resucitar el cadáver del niño, el cual vivía el tiempo suficiente para recibir el sacramento del bautismo.

[8] Zalba, M. Theologiae Moralis Compendium. Madrid, 1958, vol. II, p. 311.

[9] San Agustín, Ep. 166, 8, 25, a Jerónimo, Ench. Patristicum, n. 1441.

[10] Idem: Ep. 217, 5, 16 (a Vitale, ca. 427).

[11] Idem: Sermone, 294, 2, 2 (contra Pelagio), I, 1, cap. 9, n. 11, Ench. Patristicum, n. 1878.

[12] Íbid.

[13] Idem: De anima et eius origine (419-420), I, 1, cap. 9, n. 11, Ench. Patristicum, n. 1525.

[14] Fulgintii. De finde ad Petrum, 27, 61, Ench. Patristicum, n. 2271.

[15] Di Nola, Alfonso M. La negra señora: antropología de la muerte y el luto. Barcelona: Balaqva, 2006, p. 235.

[16] Calvino, J. Institution de la Religion chrestienne, ed. Crítica de G.B. Benoit, París, 1957, vol. IV, p. 335.

 
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Publicado por en 3 enero, 2012 en Revolutum

 

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