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Creación literaria

12 Ene

Goteaba el güisqui por su mejilla y se entumecieron sus extremidades como si el vaso vacío fuese una fuerza indomable que necesitase volver a ser llenado para recuperar la gravedad y mientras Cherry se quitaba el sostén se desmayó dejando la cabeza caer hacia atrás. Puto borracho pensaron los camioneros que se amontonaban en las mesas de al lado. Cuando abrió los ojos de nuevo dos fornidos rumanos lo lanzaban por la puerta de atrás. Tomó impulso y se dejó caer de la pared, lo primero que percibió fue aquel olor a orina característico de los polígonos durante ciertas noches espesas, lo siguiente fue aquella oscuridad configurada concienzudamente para hacer de las ánimas que acudían al calor de pago un triste reguero de lágrimas desconsoladas, avanzó renqueando entre los almacenes frigoríficos, los talleres, las tiendas de mayoristas. Se paraba cada poco a tomar aire, a vomitar, a soltar lastre. De frente la autovía estaba desierta las farolas dotaban el asfalto de ese característico dorado magullado por los accidentes, por la lujuria, se sentó con los pies en la cuneta y los balanceaba como tratando de acoplarse al ritmo de su mareo pero solo consiguió agitar las botellas de cristal rotas bajo sus botas. Ni un coche paraba. Nadie se detenía siquiera a mirar. Sacó un cigarro del bolsillo ajetreado y lo encendió, obviamente se rompió y tuvo que encender el trozo que quedaba adherido a la boquilla, seis o siete caladas después no quedaba nada. Ni del cigarro ni de él. ¿Iba a dormir allí? ¿En una cuneta? Cuando comenzaba a desmayarse de nuevo una voz le rescató de su locura.

 ― ¿Tienes fuego?

Cabezazos contra una pared. Así podríamos resumir la forma de vida de algunos seres que, como yo, se enamoran de la chica equivocada. Ella llevaba unos shorts vaqueros, el alma rota, demasiada droga encima y mucho frío como para elegir un cliente mejor y él trataba de sobrevivir.

En el taxi de camino a casa el frío y la noche se acumulaban a rebufo, una imagen impresionista en la que se ven solo manchas, chispazos como si un fuelle soplase infernalmente un fragmento de carbón.

En el piso ella cojeaba por efecto del alcohol, cayeron sobre el sofá y sufrieron hipotermia, convulsiones, mareos, orgasmos, espinas, delirios, sueño, vértigo.

Y como siempre pasa por mucho que luchemos, llegó la mañana y aquella joven prostituta como si llevase las medias negras de Sabina no dejó nada en aquel ruinoso apartamento, ni ordenador, ni dinero, ni aquel reloj en herencia de su bisabuelo. Sobre la mesa dos tostadas en las que dibujadas cuidadosamente con mermelada de fresa se podían ver un corazón y en el otro dos rallajos de los que surgía otro como si fuesen dos ojos derramando una lágrima y un café con leche y le invadió la sensación que desde ese precioso instante regiría su vida, esa tristeza tan profunda del abandono, oscura y densa, pastosa en la garganta como cuando un libro se termina, una nostalgia fiera que adolece de dulzura, era una niña, ¿por qué una chica así de dulce y de mágica terminó allí? la misma pregunta una y otra vez, era una transeúnte más, la típica chica que te cruzas por la calle y de la que te enamoras, la típica chica que te cruzas por la calle, con los ojillos marrones tras las gafas, abrigada, que olvida tu nostalgia. La típica chica que no verás nunca más…

Ahondó en ese pensamiento, vacuo y huidizo mientras miraba como la lámpara se balanceaba sobre su cabeza y en ese momento comenzó a dibujar una sonrisa, aquella tristeza era dolorosamente dulce, tan suave y cristalina que hacía cosquillas y que acabó en una risa equivocada de orificio. A veces en el abandono se puede comenzar a edificar principios aún más decadentes y destructivos pero que a él le servían para vivir un poco mejor día a día.

Gabriel Pérez,

H de Humanidades

También disponible en versión PDF.

 
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Publicado por en 12 enero, 2012 en Tintero

 

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