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Al final del camino

11 Feb

-Mira, allí -señaló Giorgio con la mano extendida, la palma abierta y el cigarrillo expeliendo humo, en la dirección de la torre de Hölderlin.

Levanté mi vista hacia donde señalaba él. Junto a la torre un viejo sauce se derramaba lánguidamente hasta tocar el agua con las puntas de sus ramas. Alrededor de la torre las fachadas de las casas, apiñadas para aprovechar al máximo el espacio al estilo de las viejas ciudades medievales, parecían querer empujar al edificio contra el agua del río que fluía por debajo. Hayas, olmos y chopos se curvaban sobre nosotros dejando caer enormes hojas muertas, casi guardando a los visitantes curiosos la simple vista del río. Una procesión de sauces, todos más pequeños que el primero y que se agolpaban de igual manera que las casas, se levantaban a la manera de una ola de verdor ocultando entre ellos algún que otro coche apartado.

En una de las esquinas, donde el río parecía dibujar un tímido meandro, una pequeña valla de madera medio podrida por la humedad delimitaba la entrada a un recoveco desconocido escondido en la oscuridad.

-Justamente allí -señaló de nuevo Giorgio, y se llevó el cigarrillo a la boca, dándole una larga y profunda calada.

Giorgio era mi mejor compañero de Erasmus. Habíamos llegado a la ciudad cada uno de un país; él de Italia y yo de España, no nos costó en ningún momento entablar una relación ciertamente amistosa que, a pesar del bombardeo social al que nos sometíamos alegremente en cada jornada, no se podía comparar en absoluto a la relación que cada uno de nosotros teníamos con los demás.

Yo había venido a la ciudad para estudiar Bioquímica y él, Historia. Nada sabíamos el uno del otro más allá de lo que de cada uno oíamos -según un rumor que había escuchado, estuvo viviendo en Alicante con su madre durante casi tres años, razón por la cual manejaba con soltura el español, pero lo había enviado de vuelta a Italia con su padre. En nuestro vagar por las calles de la ciudad, Giorgio me deleitaba constantemente con historias que a menudo se sacaba de la manga, historias que me entretenían más aún cuando las revestía con un toque de romanticismo que la misma ciudad y su ambiente acompañaban. Aficionado él a la ciencia y yo a la Historia, y ambos a los cuentos y leyendas urbanas, constantemente nos paseábamos por las adoquinadas calles del centro en busca de alguna esquina desconocida que excitara nuestra fecunda imaginación.

Algunas de estas historias (nunca supe con certeza cuáles) eran, sin embargo, ciertas. A menudo nos reuníamos en nuestro bar favorito, el Schlosscafe, a tomar unas cervezas por la simple y sencilla razón de que era allí y no en otro lugar donde Michael Maestlin, el astrónomo maestro de Kepler, había morado cuatrocientos años atrás. Yo le había enseñado el laboratorio en el que Alois Alzheimer había descubierto el síndrome que le haría famoso y él me había enseñado el lugar en el que Hermann Hesse había trabajado cuando dejó la escuela, hace ya un siglo. En otro de estos lugares de encanto mágico una placa, que nunca supimos si lo decía en serio o en broma, nos recordaba “Hier kotzte Goethe” (Aquí vomitó Goethe).

Desde hacía algunas semanas y coincidiendo con la reducción del número de horas de sol debido al duro invierno que nos esperaba, las historias de Giorgio se hacían cada vez más  tenebrosas. Por alguna razón cada esquina oscura, cada piedra que daba a un patio interior descuidado de cuya existencia nadie sabía nada, podía ocultar alguna historia sobre asesinatos, violaciones o amores desgarrados por la muerte que no se habían acabado para los del más allá. En una de las ocasiones y mientras paseábamos por el centro con la noche golpeándonos por encima con su inmensidad, ahogando cada una de las luces de las farolas, el salto de un gato negro en una callejuela desconocida hasta ahora interrumpió mi historia sobre la fiesta que hubo el domingo anterior en la residencia de unos amigos y nos impulsó a acercarnos.

La calle, lo suficientemente estrecha como para que no pudieran pasar las bicicletas, olía a una humedad reconcentrada en las piedras centenarias que conformaban los muros de aquellas viejas casas. Una ráfaga de aire frío que olía a comida pasada llegaba desde unos metros más adelante. Aquí y allá la oscuridad permitía ver un trozo coloreado de algo tendido unos cuantos pisos más arriba, no obstante, la negrura abisal en la que se encontraba el final de la calle impedía a los ojos humanos vislumbrar qué podía haber allí.

Miré a Giorgio sonriendo, seguro de que nos encontrábamos una vez más ante una excitante historia que contar. Él me devolvió la mirada, aunque en ella noté una extraña sensación que no supe describir. Cuando ya estaba estrechando mi cuerpo y pegándolo al muro para deslizarme por entre las casas, Jànos, el estudiante rumano de teología católica con el que habíamos compartido clases de alemán y cervezas alemanas, nos saludó de forma estridente. Se hallaba en mitad de la calle, bajo una farola que arrojaba una luz macilenta sobre él y con su negro paraguas abierto, aunque hasta aquel momento no había llovido ni una gota de agua.

-¿Qué hacéis ahí? -preguntó.

Nos miramos con vergüenza. Nuestra pequeña afición era algo que de alguna forma habíamos mantenido en secreto, así era el romanticismo de la aventura, y más cuando no se sabía nada de ella. Dijimos que buscábamos un reloj que se me había caído y simulé recoger algo del suelo y me magreé un poco la muñeca.

-Ah… vale… -no pareció muy convencido, no obstante, prosiguió- ¿Vais hoy a la reunión del Schlosscafe?

Nos miramos de nuevo. La reunión. Sí, de hecho, nos encaminábamos hacia ella cuando apareció aquel gato. Asentimos con la cabeza y subimos la cuesta en dirección al bar. Giorgio miró atrás una vez como si necesitara percatarse de que la calle seguía allí.

Unos minutos más tarde nos encontrábamos con Jànos charlando. Siempre comedido acerca de la información sobre sí mismo que daba, no dejaba de elogiar la belleza de la ciudad. Cubría constantemente de sonrisas la excitación que le embargaba al verse estudiando allí, donde algunos de los más grandes teólogos y jerarcas de la Curia habían estudiado, entre ellos el papa Joseph Ratzinger, al que nuestro amigo no dejaba de admirar. Después de algunas cervezas y algo de conversación banal sobre los sitios en los que podíamos encontrar libros de alemán para niños a buen precio Giorgio, que se había mantenido durante toda la charla cabizbajo y pensativo, empezó a hablar interrumpiendo el monólogo de Jànos con una voz grave y ronca, como si de repente una idea ajena a él lo hubiera invadido.

-Jànos, tu vienes de Transilvania, ¿no es cierto? Jànos respondió con soltura sin perder la sonrisa.

-Así es.

-Pero tu nombre, Jànos, no es rumano. Se trata de un nombre húngaro, ¿no es cierto? ¿Es tu familia húngara?

Jànos quedó consternado. No se trataba de una pregunta que le hicieran a uno todos los días y de una forma tan directa. Respondió de forma tan natural como pudo.

-Sí… Mi familia tiene antepasados húngaros. Vengo de una zona de Transilvania que tiene una mayoría de población húngara…

-¿De Szèkely? -inquirió Giorgio.

Jànos se quedó petrificado, sin respiración. Yo no sabía muy bien de qué iba aún el asunto.

-Sí… pero, ¿cómo lo has…?

-He oído cierta historia sobre un padre húngaro de origen transilvano que vino a esta ciudad -siguió Giorgio, casi disfrutando del efecto que estaba consiguiendo en su interlocutor.- Su nombre era Aleksandar. Llegó hace casi cien años, cuando la zona de la que procede tu familia aún pertenecía al Imperio Austrohúngaro. Vino aquí para estudiar teología católica, como tú. Pero fue víctima de un amor casi irresistible hacia una mujer que llevó a ambos a la tumba. Estoy seguro de que has oído hablar de esta historia.

Jànos, para mi sorpresa, se puso blanco. Su habitual palidez comenzó a adquirir un tono enfermo. Yo observaba el espectáculo con admiración. No sabía qué decir.

-No es… no es una historia muy… agradable de oír. Ni correcta. No… dejémoslo aquí…

Pero nada podía ya refrenar a Giorgio. Se levantó poco a poco de la mesa con los ojos fuera de sus órbitas, golpeó la mesa con el puño y a medida que hablaba su tono de voz iba creciendo.

-Sí, fue justamente en esta ciudad, ¿verdad? Un cura de la casa de los Gergely de Szèkely -y, dirigiéndose a mí mientras la cara de Jànos se contraía en un espasmo de horror, siguió- Llegó a esta ciudad con la esperanza de convertirse en un eminente doctor en Teología católica. Su familia, procedente de una casa noble de antiguos terratenientes en aquel momento en declive económico, hizo grandes esfuerzos para que el último eslabón de la casa pudiera estudiar aquí, en Tübingen, y devolver el buen nombre de la familia. El chico, de nombre Aleksandar, era inteligente y bien educado, tenaz y humilde. Pero ¡ay! -siempre hay un ¡ay!- ocurrió que se enamoró perdidamente de la única mujer que podría llegar a amar: una chica de aquí, de la región de Baden-Württemberg, que lo encandiló sin querer con su inocencia y sencillez, y que contra la voluntad de ambos le juró amor eterno.

Jànos se levantó de la mesa, vació de un trago su jarra de cerveza, masculló unas palabras que ninguno de los dos entendimos y que creímos alguna clase de insulto y se fue.

-Pero, ¿adónde vas, Jànos? ¡Espera, que te pierdes la mejor parte! -rió Giorgio con la mandíbula desencajada, su cara contraída en una mueca horrible de aquellos que disfrutan con el sufrimiento ajeno. Yo estaba horrorizado- ¡La guerra! ¡La primera guerra mundial! -dio un nuevo puñetazo sobre la mesa de madera y decenas de miradas se posaron sobre nuestra mesa mientras mi amigo añadía a voz en grito- ¡Aleksandar fue a la guerra como capellán! Allí murió, y mientras su familia perdía todo a manos de los pirómanos nacionalistas rumanos, su chica se entregó a los brazos de un patán, exsoldado prusiano, que le pegaba cuando volvía a casa borracho. ¿Sabes lo que hizo, Jànos? -su voz empezaba a tornarse un grito quejumbroso- ¡La mató! ¡La mató en sueños! ¡Para compartir con ella por siempre el limbo aquí, en Tübingen!

Acabó con una carcajada desgarrada. Mientras reía, sentí en mi pecho un frío inmenso que hizo que me arqueara hacia delante y víctima del pánico, y mientras caí al suelo sentí reverberar en mis oídos, de una forma muy clara pero como en un murmullo, un nombre de mujer:

-Angelina… Angelina…

Desperté. No sabía con certeza cuánto tiempo había pasado desde que me había desmayado. La gente se agolpaba alrededor de un cuerpo tendido en el suelo sin conocimiento, que al instante supe era el de Giorgio. Me levanté, tambaleándome, y pregunté qué había pasado.

– Ahora está bien -murmuró Jànos a mi espalda, acariciando una cruz de oro que llevaba en el pecho. – Ahora está todo bien. Se recuperará.

Y mientras me agachaba para ayudar a dar aire a mi amigo, creí ver, como en mitad de un oscuro sueño, un brillo perverso recortarse en las abiertas y tenebrosas pupilas de Jànos.

Carlos Domínguez Sarabia

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Publicado por en 11 febrero, 2012 en Tintero

 

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