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Hacia una nueva conciencia

15 Feb

La gran relevancia que ha adquirido esa palabreja llamada crisis, sigue siendo un concepto, cuya significación resuena en la calle aún con una acepción algo poetizada de su verdadero casus belli, si es así como puedo referirme al meollo del asunto. Constantemente se lanzan profecías y alegorías al aire sobre el crack económico que vivimos, incluso ahora parece muy intelectual recurrir al populismo de la frase del génesis: siete años de vacas gordas, siete años de vacas flacas. A todos nos complace escuchar frases de optimismo. Sí, la esperanza es lo último que se pierde, o eso es lo que escuchamos intrínsecamente en el debate de investidura de la nueva legislatura española.

Hablar de crisis es algo ya mecánico, simplemente porque asusta no tener los bolsillos llenos, sobre todo cuando los medios de comunicación son pasto de un caos enfermizo, engañoso  y  propugnador  de  unos  valores,  que  van en  contra  de  la  ética  educacional.  El supuesto neoliberalismo tecnócrata, sin prejuicio alguno, ha dado a luz a un gigante sin control y  sin moral: la globalización, que entendida en su término más negativo, ha generado el individualismo, ha fomentado el egoísmo económico y humano, y ha llenado de circunloquios un estado de bienestar, que deja manso al ciudadano democrático en el plano político.

La historia de nuestro mundo se ha permitido ya demasiados profetas, tanto de índole religiosa como futurista, algo que en el siglo XXI ha favorecido al marketing de una sociedad consumista.  Es  muy  difícil  determinar  hacia  dónde  vamos,  pero  me  arriesgaré,  no  como profeta,  sino  como  ente  pensante  (al  modelo  cartesiano)  a  reflexionar  sobre  el  asunto. Viajamos hacia una nueva conciencia, un estado de barbarie, como ya afirma José Luís Sampedro. Algún día se identificará esta crisis con el recuerdo de la más profunda colisión de los  valores  humanos,  una  transición  sin  igual  en  la  tierra.  No  puedo  evitar  referirme  a Nietzsche, porque quizás esto nos haga entrar en una situación nihilista desconocida, donde tendrán que valorarse los nuevos métodos para una cohesión de la humanidad, como ocurrió con el caso del cristianismo.

Basta de profecías pues, éstas son cosa del populacho, víctimas de una falsa realidad. El mundo es objeto de una quijotización, tal y como le ocurrió a Sancho Panza. La centralización del poder, y no apostar por el poder público está acabando con la confianza en la democracia, en la clase política, en los banqueros y creando un nacionalismo europeísta que se aleja de aquella idea vanguardista con propósitos como el compromiso, o la cooperación de las todas naciones, si no que se lo pregunten al conocido Merkozy. Muchos intelectuales coinciden en que  el  mundo  está  en  transición.  Viajamos  sin rumbo  ni  destino.  Llegados a  este  punto,

¿Necesitaremos una transvaloración de todos los valores? Dios ha resucitado, únicamente para unirse al nuevo orden mundial.

Carlos Jiménez Barea

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Publicado por en 15 febrero, 2012 en Parlamento, política y opinión

 

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