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La frialdad perdida

17 Mar

Ella era fría, como una noche de invierno huérfana de luna… profundamente fría. Acompañada de su también notable hermosura, su frialdad se hacía hiriente, punzante, como la frialdad de una daga que se hunde en la nieve, como la de los ojos de Al Pacino en El Padrino II.

Noté que parecía atrapada en un aura gélida, glacial, y quizá fuera eso lo que despertó en mí la curiosidad indecente del artista, llamándome a descubrir qué se escondía debajo de ese bloque de mármol níveo.

Poco a poco fui modelando su gelidez como si su cuerpo fuera una escultura de hielo que iba deformando con el calor de mis manos. Y tras un tiempo, logré despertar, con la habilidad de mis dedos, su misterioso centro de calor, y pareció despertarse algo insólito dentro de ella.

Poco a poco fue subiendo su temperatura hasta alcanzar niveles considerables. Sus mejillas fueron tomando un rubor cándido, sus labios se tiñeron de rojo, y mi ego engordaba al notar en mis manos el poder del nigromante, al sentirme un perfecto artista de la perversión y el pecado, un Pigmalión travieso y pedante. Y ella acabó por abrirme también su discreta puerta trasera, a la que accedí observando en su gesto primero dolor, luego disimulo, y por último placer.

Siguió aumentando su temperatura, y también sus uñas se vieron sometidas al excitante color del calor. Y ahora era su boca la que se abría gozosa y tierna para recibir en húmeda audiencia  el glorioso estallido del acabose.

Yo iba destruyendo, con maestría de zahorí, la frialdad de su corteza para dejar al descubierto su corazón caliente. Pero mi curiosidad fue mi perdición, y el arte del que me jactaba interiormente acabaría volviéndose contra mí.

Una mañana se despertó y ya no era la misma: ahora su hermosura ardía y parecía estar rodeada de un aura de súcubo. Ahora no sólo eran rojos sus labios y sus uñas, sino que también lo eran su vestido y sus zapatos de tacón de aguja. Y así, ardiente y roja, me dijo que yo ya no era suficiente para ella, y se marchó lanzando un beso que ensució el aire de delicioso carmín, y hasta su leve portazo fue sensual. Me abandonó y me quedé clavado en un naufragio de sábanas, con la única compañía de una erección no correspondida.

¡Pobre Pigmalión desahuciado! Desgraciado es el artista que no puede controlar su obra.

Moisés Hidalgo,

H de Humanidades

Bájate este relato en PDF.

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Publicado por en 17 marzo, 2012 en Tintero

 

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