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Sensación de vivir

12 Abr

Dicen que la vida es una colección de momentos, una sucesión de instantáneas tomadas por nosotros mismos que vamos guardando de manera inconsciente en ese cajón mal encajado al que llamamos memoria. Yo iría más allá. En la completa soledad de mi habitación, a la luz de un solo flexo que proyecta sombras inquietas en la pared adornada de pósters con distintas escenas metropolitanas, me atrevería a decir que la vida, además de estas fotografías, está hecha de sensaciones. Cada uno de esos instantes, lejos de ser imágenes vacías y frías, está lleno de significado, de manera que para cada uno de nosotros tiene un matiz personal y único. El valor de ese feliz, trágico, incomprensible o emotivo momento no es sino el que queramos o sepamos darle. Y son esas sensaciones, a veces unidas a las imágenes que las hicieron aflorar y a veces en solitario, como olores ciegos cuya procedencia no sabríamos determinar con certeza, las que construyen nuestra historia.

Entre todas esas sensaciones está la que el lector experimenta cuando acaba un libro. Ese final, catártico, revelador, conciliador, culmina un proceso de elevación de la persona hacia algo superior. Las historias que encierran esas páginas, o pantallas del e-book, evaden al lector de la realidad de su existencia, más o menos mísera, y lo transportan a un universo paralelo donde todo es posible. Algo parecido ocurre con el teatro, el cine, la pintura y las diferentes formas artísticas de expresión que el ser humano ha logrado encontrar. Y una vez acaba, esa historia se queda grabada en su piel como una vivencia más, un recuerdo de algo que nunca ocurrió, pero que en su interior fue tan real como el hambre, la fatiga, el dolor o la alegría. Quizás esa sea la función del arte, entre otras: hacernos vivir aquello que la realidad nos niega.

Vivimos tiempos difíciles para el arte. Pocos entre las nuevas generaciones leen libros a menudo, y en los teatros y museos siempre se nota la falta de almas jóvenes. Y que no nos engañe el cine, que no todo lo que es oro reluce. Ahora todos quieren ser artistas, pero ya nadie tiene tiempo para el arte. El amante del arte es una especie en peligro de extinción.

¿Es este el principio del fin? No lo creo, sería demasiado fácil ponerse catastrofista. Probablemente esto haya sido así siempre, o al menos no de manera muy distinta, solo que ahora, por ser nosotros los protagonistas, nos parece más real, trascendente y preocupante. Ese es el eterno fallo del hombre, el vanidoso egocentrismo que ciega hasta al más humilde. Quizás deberíamos estudiar más historia, y entonces sabríamos que la inmensa porción analfabeta de la antigua Roma tampoco debía leer demasiado a los que hoy llamamos “clásicos”.

Quizás entre tanto hedonismo cosmopolita ya no haya tiempo para tirarse en la playa, sin reloj ni teléfono móvil, y leer un libro a orillas del mar, mientras la deliciosa brisa veraniega acaricia la piel desnuda y los rayos del sol se empeñan en cegar a los ojos. Y es que no hay bebida, ni droga, ni fiesta que pueda superar esa sensación de estar viviendo al máximo.

No digáis que, agotado su tesoro, 
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

Enrique Anarte Lazo,

H (de Humanidades)

Descárgate el PDF.

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Publicado por en 12 abril, 2012 en Tintero

 

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