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Los venerables ancianos

19 Abr

Que será en otras latitudes porque, lo que es aquí, de venerabilidad andan peor que de rodillas.

Estoy hasta la raíz del tinte de toparme con seres que por haber sobrepasado la mayoría de edad en tiempos del Génesis, se toman los derechos y deberes sociales como los medicamentos. Es decir, como les sale a ellos de su alma.

Mira que me gusta escucharles y conversar con muchos de ellos. Y es que los hay, y bastantes, que tienen más y mejor cultura, educación y sentido común que algún que otro doctorsito lisensiado. Pero es que hay otros…, hay otros a los que en vez de caérseles la cara y el pañal de la vergüenza, encima se parapetan en su supuesta sapiencia y debilidad para colarte un gol por la escuadra siempre que pueden.

Son esos que montados en un autobús despotrican por lo bajini acerca de la desfachatez que tiene quien no le concede el asiento; o esos otros que a lo tonto Marchena se te acaban colando en la fila que hay para llegar a la ventanilla del banco; o los que piden ser atendidos cuanto antes en un centro sanitario al que llegan sin cita, sin número y sin maldita la dolencia sólo para que se les recete una caja de aspirinas.

¿Cómo dejar de recordar aquella mañana que estaba haciendo cola para comprar lotería y un caballero con pinta de ser embalsamado con carácter de urgencia se adentró en la fila haciéndose el Inspector Clouseau? Useasé, el tonto.

En qué desafortunada hora se me ocurriría sugerir que el individuo en cuestión le había echado más morro que un oso hormiguero para colarse hábilmente delante de los demás. Dio la casualidad que dos señoras por detrás se encontraba la que se enorgullecía por ser hija de un sujeto que, según ella, no sólo no pretendía colarse, sino que poco menos que en vez de empezar a oler a pino y santos óleos, estaba en edad de oficiar de monaguillo. Menudo pollo me lió la susodicha. Encima. No era bastante que el padre pretendiese, alegando senectud y alevosía, hacernos el avión a todos los allí presentes. Tenía también que soportar el sofoco de una marujona que probablemente sólo entienda y acepte el respeto y la consideración por vía unidireccional. Como dice el refrán: “Pa un embustero, un apoyaor”.

Tengo un ejemplo bien claro y bien cerquita de quien ha llegado a su anochecer vital montando más follón que un grupo de adolescentes ensayando música indy en un garaje alquilado, y cuando no juega al despiste lo hace usando con precisión quirúrgica el lagrimal. ¡Qué arte, Señores!

Si hay algo en lo que estos desvergonzados individuos son expertos, es en el uso del chantaje emocional cuando aluden a su supuesta inutilidad, dificultad, debilidad y/o prioridad.

De no hacer las cosas en el momento y del modo proyectado y tatuado en sus cabezas, eres firme candidato a convertirte en un desagradecido, un egoísta, un maleducado y hasta en una amenaza, amén del torrente lacrimógeno al que te someten al más mínimo gesto.

Que no. Que no se me ha ido la pinza y estoy metiendo en el saco a toda momia viviente. Que sé muy bien que hay abueletes geniales y asombrosos. Pero, insisto. A lo que voy es, por ejemplo, a esa “lozana” señora que llega a la carnicería donde hacen cola otras diez personas con el semblante desencajado y el tembleque en las piernas porque necesita con urgencia un hueso de espinazo para el caldo y, ni corta ni perezosa y a empujón limpio diciendo eso de: “si es una cosilla de na”, se planta en zona VIP y suelta: “Manolico, corre, anda dame un huesecico de espinazo que tengo el cocido a medio terminar y ya me voy”. Y a ti te entran ganas de darle con la pata de jamón que está a medio repellar en el mostrador y mandarla de un certero bateo a la olla que tiene puesta al fuego. A fin de cuentas, ¿no dicen aquello de que “gallina vieja hace buen caldo”?… Pues eso.

La vejez, por más que la filosofía clásica nos empape con retratos de eruditos barbudos, no es sinónimo de sabiduría y saber estar. El que nació, creció y se reprodujo necio, no se convierte con la edad en un ser educado y sensato, ni al que tuvo un carácter con sabor a nata cortada le concede la providencia el don de la amabilidad llegado su jubileo, ni quien pensó que devorando la antología completa de manuales de auto-ayuda será con los años el guía espiritual del barrio.

Y digo más. Asociar vejez con experiencia es una sentencia que cada vez me huele peor, porque no son escasos los octogenarios que, a pesar de su edad, han tenido menos vivencias y han aprendido menos que un cigoto. Tengo la inclinación a recelar de quien se considera docto consejero en asuntos existenciales argumentando más años, y por tanto, más muescas en el alma, a pesar de no conocer las tribulaciones internas de quienes le rodean.

Éstos topicazos, como tantos otros alimentados por ñoñas filmografías y mentes demasiado entretenidas en ir de compras, consumir novelas rosa o mantener intacta la herencia familiar en lo referido a creencias y asunciones de cómo han de ser las cosas, promueven, permiten y favorecen comportamientos que de ningún modo serían aceptados si viniesen de cualquier otro. Sobre todo si ese cualquiera es de otro clan, incluso aunque sea anciano.

Tengo claro que hay mucho superdotado suelto en lo que a ver errores ajenos se refiere.

No aceptar los descarados intentos de prioridad y las exigencias de tratamiento que mucha edad de oro pretende, te concede de inmediato un pasaje sin retorno al asfixiante mundo del reproche, la lágrima fácil y el intento de manipulación emocional más descarado. Eso cuando no se estiman en el derecho de vocearte al cruzar la barricada penitente que se ha instalado justo frente al portal de tu casa y que te impide llegar raudo y descompuesto al cuarto de baño.

Bien sea aludiendo a motivos solidarios, compasivos o de urbanidad, el caso es que hay “venerables ancianos” que creen estar ya exentos de tener que comportarse con respeto y educación para el resto de sus días. Y mejor no se nos ocurra discrepar no vaya a ser que encima nos den con el bastón en la cabeza y acabemos con un chichón, un berrinche y la compra sin hacer.

Lo dicho. Hasta la raíz del tinte.

Patricia Torreblanca

Descárgate el PDF.

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Publicado por en 19 abril, 2012 en Parlamento, política y opinión, Revolutum

 

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