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Emma (I y II)

23 Abr

Hoy os traemos algo especial: lo que esperamos sea el comienzo de una interesantísima historia, o al menos así es como pinta. ¿Por qué no te lees los dos primeros capítulos de Emma, por Lucía Zarza Fernández?

1.

                Cuando la habitación comenzó a oscurecerse, Emma pausó el trance en el que estaba envuelta y se sentó en el suelo para recapitular. Observó las paredes vacías, el armario abierto de par en par y su mesa retirada del lugar habitual en el que solía pasar las horas muertas. La puerta del salón estaba entreabierta; y parecía que la sensación de vacío podía correr por aquel pasillo. La única nota de color la daba su maleta, roja, gigante, abierta sobre la cama del dormitorio. Volvió a mirar la lista que sostenía en la mano.

– Ropa.

– Libros.

– Portátil.

            Normalmente sus listas, abundantes y metódicas, eran mucho más detalladas; pero esta vez solo se llevaría lo indispensable. Alzó la vista al contenido de la maleta y vio que no le faltaba nada. Se incorporó, la cerró, y la arrastró por la casa vacía.  Se respiraba un tono lúgubre de entierro, y las esquinas de las puertas parecían despedirse para siempre de ella. Lentamente, abrió la puerta principal, apagó las luces; echó un último vistazo a la penumbra de lo que había sido hasta ahora su casa y dio un portazo firme y decidido, dejándola detrás.

            Conectó la radio del coche y comprobó que el mapa que se había hecho con dibujitos y líneas torcidas en un folio estuviera bien visible a su lado. Cambió de emisora insistentemente sin arrancar, y se rindió. La música la había rodeado durante los años de su vida y no podía evitar asociar canciones con momentos especiales. Cada vez que oía una canción conocida, la historia que guardaba se volvía a repetir ante sus ojos, como una película; una comedia o un thriller, nadie podía elegir eso porque los hechos se escriben solos, pero generalmente se acomodaba y se dejaba recordar. Y en aquellas ocasiones que tenía el placer de encontrarse con una canción nueva, se impacientaba, ansiosa, por comprobar tiempo después a qué momento se había abrazado. Y este era un momento que debía tener banda sonora, pensó; pero ninguna le parecía acertada. Después de mucho meditar, acurrucada en el sillón de su coche, se decidió a hacer algo diferente. Arrancó y con una mezcla de ilusión y nostalgia, bajó las ventanillas y dijo: ¡¡Adiós, piso!! Habían sido 4 años entre esas cuatro paredes; y dado que había encerrado ahí todo lo que fue durante esos 1.460 días, consideró que despedirse era lo mejor que podía hacer. Siguió avanzando, y canturreando para sí misma, se interrumpía para seguir con su tarea: ¡Adiós, estanco! , ¡Adiós, Coffe&Noir! Echaré de menos a Alex y sus cafés para llevar. ¿Sabe que me voy? Creo que no se lo dije. ¡¡Adiós, Alex!! Oh, ¡Adiós, semáforo roto!… Adiós, librería. Adiós, cartel de salida… ¡Adiós, adiós!

Cuando llegó a la gasolinera estaba amaneciendo. Paró a llenar el depósito y a comprar algo que masticar en el viaje. Entonces se acordó de Daniel. Pensó en resolverlo al llegar y se tiró a la carretera; esta vez con un CD que encontró en la guantera a un volumen que poco le favorecía a la hora a la que estaba conduciendo.

Paró el coche sin estar muy segura de si había llegado a su destino o no. Y la verdad es que no me importa que no sea este; porque acabo de decidir que es aquí donde voy a quedarme, se dijo. Se bajó, dejando el equipaje en el interior; y se sentó sobre el capó a descansar. El camino en pendiente donde había aparcado desembocaba en un terreno llano salpicado por pequeñas casitas blancas rodeadas por un gigantesco mar azul. Tan cristalino, que incluso a su altura parecía estar reflejándola. La brisa le movió el pelo y se quedó un rato allí, quieta, en silencio. Apenas podían distinguirse a las personas que cruzaban esa imagen. Vio barcos de pescadores amarrados en un muelle muy rústico, y algunos comercios en el centro. Localizó una plaza y una pequeña parroquia justo al lado. Entonces volvió al coche y se dirigió hacia allí.  Cruzando el pueblo, los ojos no dejaban de pararse en ella. Aparcó frente a la parroquia y entonces pudo verla bien. Parecía un castillo en miniatura, y no alcanzó a reconocer ninguna cruz ni ninguna imagen religiosa por lo que dejaban ver las puertas entreabiertas. Mientras andaba confusa entre sus pensamientos, una mujer la interrumpió. Parecía mayor, quizá pasó los 60 años. Vestía de tonos oscuros y tenía el pelo canoso; aunque le hubiese costado definirla como “vieja”. Los ojos le brillaban casi tanto como la sonrisa. Sus manos estaban curtidas por el tiempo y el trabajo, pero no habían olvidado lo bonito de ser mujer y sus uñas vestían pulcras sobre ellas. Tomó a Emma por el brazo.

—¿Eres tú? —inquirió curiosa.

—¿Yo? —respondió Emma—. Yo soy Emma. ¿Quién es usted?

—¡Claro que eres tú! ¡Qué bonita eres! Estamos todos muy contentos de que estés aquí, todos muy felices. A este pueblo tan raído le viene bien una cara nueva, historias nuevas. Si no, nos atrancamos y no salimos de la misma cantinela. ¿No nos ves? Estamos todos hechos unos viejos. ¡Si alguno supiera utilizar una máquina fotográfica, te hubieran retratado mientras cruzabas! Seguro que piensan que te has perdido. Bueno, ¿Te acompaño? —soltó, rápidamente, mientras Emma trataba de ordenar la historia.

—Usted es Gloria, ¿verdad?

—¿Y quién iba a ser si no? Ya te acostumbrarás a esto, en tres días no te confundirás de nombre, es casi imposible con los poquitos que somos, hija… Soy Gloria, la ama de llaves de la iglesia. Supongo que el dueño de tu casa se enteró de mi profesión y pensó que sería la persona adecuada para entregarte las llaves. —Se interrumpió a sí misma con una sonora carcajada—. Venga, date prisa; no tengo todo el día y tú tampoco, supongo, ¿No? Tendrás que instalarte en la casa y en el pueblo… ¡Y eso te llevará un rato! Vamos.

Emma no podía dejar de mirarla. ¡Qué actividad! Hablaba mucho más rápido de lo que ella podía procesar. Era un contraste muy divertido en cuanto a la imagen del resto del pueblo. Emma sacó la maleta del interior del coche y se dispuso a emprender camino detrás de Gloria. Salió de la plaza y al dar tres pasos se frenó frente a una pequeña casita blanca. Gloria le tendió las llaves y con una sonrisa gigante le dijo:

—¡Ahí tienes! Tu nuevo hogar. —Miró la expresión sorprendida de Emma y volvió a reírse con un tono contagioso—. ¿Qué? ¿Te sorprende? Ya puedes ir aparcando ese coche en un sitio seguro porque no vas a necesitarlo aquí. Como has podido comprobar, todo está muy cerca y sería algo muy absurdo. ¿Te gusta? Espero que sí, porque la gran mayoría del resto de las casas son idénticas. El que se puso a diseñar este pueblo no tuvo un buen día, créeme. O eso o la originalidad desde luego no era su fuerte. Pero supongo que es  parte de su encanto, ¿No? Todo es mucho más armónico así. Bueno Emma, te dejo sola. Si necesitas algo, ¡Con que silbes creo que será suficiente! —Se alejó sin dejar de reírse.

Emma subió dos pequeños escalones y abrió una cancela negra. Vio ante sí un porche con un jardín que rodeaba a la casa por el lateral. Todo parecía hecho a miniatura, adornado con una mesa blanca y sillas de mimbre. Al entrar en la casa, se enamoró de su futuro. Todo estaba dispuesto de la forma que había imaginado. Un pequeño salón, pegado a la cocina; ambas habitaciones separadas simplemente por una barra americana donde se imaginó desayunando todos los días. Se asomó a la ventana y vio el mar. Las escaleras de caracol que llevaban a la segunda planta eran de madera y se descalzó para sentir el tacto de cerca. Arriba se encontró algo parecido a un ático; una habitación grande donde dejó la maleta abierta sobre la cama. Bajó y se sentó en el porche. ¿Y ahora qué?, se preguntó. ¿Deshago la maleta? ¿Voy a comprar algo? ¿Dónde están las tiendas aquí? ¿Y qué necesito? ¿Debería hacer una lista? ¡Tengo que comprobar el cuadro de luces! ¡Y también tengo que buscar un sitio donde aparcar el coche! ¿Qué hago…? Se escurrió por la silla de mimbre y decidió echarse a dormir un rato. Pero antes, cogió lápiz y papel y saldó una cuenta pendiente.

Querido Daniel:

                Lo sé, sé que soy una persona horrible por haberme ido sin despedirme. Pero ambos sabemos que si te lo hubiese dicho, me hubieras convencido para que me quedara o te hubieses apuntado a la aventura. ¡Y no sé qué es peor, Dani! Ay… Sabes que lo siento. Y también sabes que era lo que necesitaba. No sé quién era la Emma de los dos últimos años pero he decidido que no quiero tener nada que ver con ella. Ya he aprendido de sus errores lo suficiente como para saber que no servía para nada quedarme allí. No es mi sitio. No sé si este es mi sitio tampoco. Lo que sí sé es que me ha enamorado, Daniel. ¡Es precioso! La mejor postal que puedas imaginar.

                He traído un equipaje ligero, el resto está en casa. Puedes quedarte con lo que quieras, las llaves están donde siempre. No he arrastrado más porque confío en que no habrá más nada que necesite. Sé que es una locura, Dani, pero me siento feliz por primera vez en mucho tiempo. Al llegar he notado en mí un cambio, una ola de sensación de paz. Lo nuevo siempre suele dar miedo. Es una costumbre muy fea del ser humano, el miedo a lo desconocido. Quizá por eso a veces nos atascamos en lo que tenemos; por muy insatisfactorio que sea. Pero yo ya no quiero ser así, ¿Sabes? Y quizá sea un error. Quizá aquello que he dejado atrás era la llave del éxito, y era una vida más cómoda. Pero no puedo ignorarme más tiempo, Daniel. ¡Tendrías que haber oído a la personita que hay dentro de mí gritando! Tenía que intentarlo. Tenía que darle una oportunidad al miedo, a la novedad, a las primeras veces. ¡Sé que piensas que estoy loca! Y también sé que si estuvieras aquí me darías un abrazo y me desearías buen viaje. Pienso mantenerte informado.

Te quiero mucho.

Emma.

2.

                La luz del sol se hizo un hueco entre los agujeros de las persianas y dibujaron un mosaico de pequeñas líneas contrastadas en la piel de Emma. Apenas éstas llegaron a la altura de sus ojos, con el ceño fruncido, se estiró para despertarse e hizo ademán de comprobar el reloj. Dos manotazos en la mesilla más tarde, recordó que aún no había comprado ninguno. Se quedó en la cama, acurrucada con una sábana fina; como inerte, pensando.

Cuando Emma se mudó a su nuevo piso, tenía 24 años y un contrato al que odiaba profundamente. Nunca quiso ser asesora financiera, pero sus padres pensaron que serían unos estudios acordes al carácter inglés del que impregnaron a Emma en su infancia. Sus padres eran de procedencia inglesa y ella nació en las afueras de Leeds. Su familia voló a España antes de que cumpliese los 5 años. Lejos de la preocupación paternal acerca de su lastimera confusión patriótica y sentimental; Emma era una española que insultaba en inglés cuando se golpeaba el pie contra la esquina de la puerta y se reía de la pronunciación al nombrar los títulos de las canciones de los presentadores de las emisoras musicales más famosas. El sueldo que cobraba le proporcionó un colchón bastante amplio para pagar un piso en el centro de una  ciudad rodeada de coches, motocicletas y líneas de metro. Al principio se lo tomó como un reto. El gentío abrumador que fluía continuamente por sus calles le hizo mucho más fácil pasar desapercibida y pudo dedicarse por completo a su trabajo. Eso la hizo infeliz y, consecuentemente, acabó por teñir su vida de gris. Gris tubo de escape, como solía decir ella. Es cierto que durante 4 años hubo cosas buenas. Bastantes. Pero cuando se pausaba y echaba la vista atrás no podía evitar oler a humo y sentir el agobio.

Ahora olía las sábanas blancas y el salitre impregnado en ellas. Olía la brisa que se colaba por las persianas, la madera de las escaleras, y si cerraba mucho los ojos, llegaba a oler el pueblo puesto en marcha. Dedujo entonces que era hora de levantarse. Deambuló un poco más por la penumbra de su habitación y se dejó abrazar por el cambio. Bajó despacio por las escaleras de caracol y decidió desayunar fuera.  Escogió un vestido cualquiera y encajó la puerta sin llave. Camino al café estuvo pensando que realmente no sabía dónde estaba yendo. No conocía el pueblo más allá de su porche y las campanas de la iglesia, pero decidió vagar sin rumbo. No se le daba bien, desde luego. Su vida siempre tuvo una dirección fija y ella fue experta en no desviarse del camino más certero a lo largo de ella. Mudarse allí se asemejó para ella a la sensación que se experimenta cuando, al escribir concienzudamente, la punta del lápiz se parte de manera brusca. Un parón en seco que obliga a recapitular. Ahora todo parecía nuevo e intrigante. Como llegar a su desayuno. Siguió caminando, enfrascada en sus cavilaciones, cuando se tropezó con un pequeño bar a medio abrir. Las paredes eran de piedra, en forma de ladrillos desteñidos por el tiempo. Solo contaba con tres mesas en el exterior, adornadas con sillas de mimbre y dos sombrillas cerradas. Una chica joven estaba apoyada en la barra exterior, con gesto cansado. Se fijó en ella. Era morena, de piel, de pelo y de mirada. No vestía uniforme ninguno. De allí de donde Emma venía, los camareros tenían como must cuidar su atuendo y su presentación al público. Eso no parecía ir con la política de aquel bar.  Emma se acercó cuidadosamente y se sentó en una de las sillas deshilachadas. La mujer se le acercó con una sonrisa y le preguntó con ímpetu:

—Buenos días, ¿Qué desea?

—Buenos días —contestó Emma, y se quedó pensando—: La hora.

— ¿Disculpe? —La expresión de la camarera se descubrió desconcertada. Parecía revisar la carta mentalmente en busca de una respuesta coherente.

—Vaya, lo siento. Quería decir que me gustaría saber qué hora es. No me ha dado tiempo de comprar un reloj aún, y es de locos deambular sin saber en qué franja horaria me encuentro.

—¡Ah! Tú eres la chica nueva, ¿Verdad?— La sonrisa volvió a su rostro y cogió una silla para acompañarla. Este gesto sorprendió a Emma aunque no llegó a incomodarla—. Son las 8:45, pelirroja. Has madrugado hoy, parece. Es una buena idea, para aprovechar el día, la mañana es la parte que más da de sí. Aunque en este pueblo apenas necesitarás un par de horas para hacer todo lo que tengas que hacer. No sé si te ha dado por empezar a caminar pero no hay mucho hueco por el que perderse… A no ser que te guste la playa; en ese caso, te faltarán días en el calendario. ¿Estás aquí de vacaciones? Dicen que tu equipaje no abultaba mucho. Sé que este paisaje engaña pero no tenemos mucho turismo por aquí. Y mucho menos por esta época del año. Cuéntame, pelirroja, ¡Eres un caso especial por estas calles!

Emma se vio sobrecargada de conversación. Solo necesitaba saber la hora, y quizá un café. Pero sin darse cuenta se encontró sumergida en un diálogo casi esperpéntico con una camarera de ojos inquisidores; prácticamente a la fuerza. Sonrió cortésmente y se decidió a responderle.

—Sí, bueno… Yo… —¿Por dónde empezar? Ni siquiera ella sabía bien qué estaba haciendo allí sentada—. No, no estoy de vacaciones. He venido para quedarme, creo. Aunque tampoco sé cuánto tiempo. Las noticias vuelan aquí, ¿no? Cuando compré la casa en la que vivo ahora, solo hablé con el dueño. Y creo que fueron tres veces, por teléfono. Para informarme, para ajustar cuentas bancarias y para acordar la fecha de traslado. Mencionó a una tal Gloria,  me dijo que se encargaba de la iglesia y que quizá me la encontraría al llegar. Y sin embargo, cuando la vi, me dio la sensación de que ella me conocía mejor que yo misma.

—Gloria es así. —La interrumpió la camarera con una carcajada sonora que hizo eco—. Es la ama de llaves de la iglesia. Vives cerca entonces, ¿no? Aunque pensándolo bien, ningún rincón queda fuera del alcance del radar de Gloria. —Volvió a reír—. Supongo que forma parte de su trabajo, estar informada. Pero no creas que es la típica vieja cotilla de pueblo pequeño, ¿eh? ¡Si Gloria contase todo lo que ha visto…! Sé que parece muy extrovertida, pero es difícil hacerla hablar. Al final, de tanto guardar, supongo que hará suyas las historias y por eso es tan celosa con ellas. No son de los demás ya, ¿sabes? Después de tanto tiempo. A veces se pasa por aquí, pero es más de café por la tarde. ¡Hablando de café…! Perdona pelirroja pero no hay mucha conversación por aquí y al más mínimo inicio me acelero y no hay quien me pare. —No dejaba de sonreír—. Querrás desayunar algo, ¿no?

—Solo un café. Gracias.

Mientras la muchacha se alejaba, Emma intentó procesar toda la charla. Vaya con el pueblecito costero… Era irónico. Tan pacífico, y sin embargo, aunque solo se había cruzado con dos personas, parecían tenerle alergia al silencio. Era un cambio. Un gran cambio. Aún no había decidido si bueno o malo, así que pospuso la reflexión para cuando hubiese recibido su dosis de cafeína necesaria. Cuando la camarera volvió con su desayuno, se dispuso a disfrutarlo con tranquilidad. Ella se enganchó de nuevo a la barra, esta vez a discutir con un señor que estaba dentro. Emma agudizó el oído.

—¡¡Pero qué vas a saber tú del mundo!! Con 20 años no hay criterio que valga… —le acusó el señor, sin perder el tono agradable. Podía verle a través de la puerta principal del establecimiento. Emma solía rodearse de gente joven y un hombre con barba canosa y bastón apoyado desayunando en un bar era una imagen inusual para ella, así que no dejó de mirarle.

—¡Lo que tú digas, majara! ¡La vida no son todo arcoíris! Parece mentira que un dinosaurio como tú aún no haya aprendido que el mundo es un asco. Solo tienes que abrir los ojos y mirar más allá de la puerta del bar. El telediario lo dice, los valores actuales lo dicen, hasta los niños pequeños acaban por darme la razón. La realidad es un asco. Prefiero cargar con orgullo el título de pesimista que engañarme como tú te engañas.

—Mira la niña; siempre igual. Ser optimista no es engañarse.

—¡Claro que es engañarse si no hay motivos para serlo!

—Recuerdo cuando le buscaba las orejas al lobo, como tú. Y así me fue, tonta, ¡y así me fue! Pero estoy tranquilo. Estoy seguro de que cuando llegues a mi edad pensarás de otra manera. Porque la vida acabará por hacerte pensar de otra manera. Aunque te empeñes en no ver las cosas buenas, llegará un momento en que serán todo lo que te importe. Y entonces no podrás ignorarlas.

—Ay, carcamal… Tú dirás lo que quieras, pero yo tengo miles de pruebas… En cambio tú solo puedes ponerme a mí de ejemplo de perfección. —La camarera se coló en la cocina riéndose de sus propias ocurrencias, y el señor la acompañó con una sonrisa condescendiente.

Cuando quiso darse cuenta, su taza estaba a la mitad y al darle un sorbo casi se congela los labios. Emma, ¿Te acuerdas cuando podías concentrarte en una tarea tan simple como desayunar? Eran buenos tiempos aquellos, ¿verdad?, se acusó a sí misma. Pero al apartar la vista de la entrada del bar se perdió con el paisaje. Desde allí podía ver una pequeña cala en la lejanía con lo que parecía ser una especie de puerto en miniatura. Podría quedarse allí para siempre. Pero aún tenía mucho por hacer; Llamó la atención de la camarera para pagar la cuenta.

—Oh, de eso nada, pelirroja. A este invita la casa. Hay que ser buenos anfitriones.

—Hasta mañana, pelirroja —dijo el señor de la barra, agitando efusivamente el brazo.

Emma siguió su camino, dispuesta a hacer algunas compras. A lo largo del corto paseo le dio la razón a la camarera; no se necesitaba mucho más que una hora para recorrer el pueblo de cabo a rabo. Se hizo con todo lo que necesitaba para la cocina y el baño. Dio gracias al cielo por haber comprado la casa amueblada por completo. Compró también una cesta de mimbre enorme y sonrió al pensar que ni siquiera tenía suficiente en su casa para rellenarla. Mientras paseaba, tropezó con una pequeña tienda artesanal. Había pendientes de alambre, colgantes de piedras preciosas y olía a incienso. Entró sin saber bien qué buscaba, y un chico atravesó la cortina que se encontraba detrás del mostrador. Le sonrió y ella agachó la cabeza, sin dejar de responderle. Al cruzar la tienda, Emma encontró un cuaderno que llamó su atención. Tenía las tapas adornadas con motivos vintage, plumas y enredaderas; y al abrirlo, sus páginas de papel fino se descubrieron impecables ante ella. Cuando Emma recordaba su infancia; tanto la anglosajona como sus primeros y desordenados años en España, no podía evitar evocar su colección de cuadernos. Por algún motivo que no conseguía poner en pie, siempre le habían perdido las páginas en blanco. Aprendió a leer muy rápido, empezando por aprenderse los cuentos de memoria y repetirlos para el asombro de sus padres. Cuando el idioma cambió, Emma no encontró problema alguno. Leía y leía y pasaba las páginas con los ojos abiertos, en busca de las letras que estaba empezando a comprender. No tardó en garabatear esas letras en cientos de páginas en blanco. La primera vez que a Emma le preguntaron que qué quería ser de mayor, no se lo pensó dos veces: “¡Quiero escribir cuentos!”, siempre fue su respuesta. Estuvo llenando su mente de historias fantásticas durante años, y siempre que veía un cuaderno bonito le pedía a su madre que lo comprara para ella y su próxima invención. Al final de su adolescencia, las estanterías estaban repletas de pastas de todos los colores y formas; de anillas, marcapáginas y hojas sueltas. Sin embargo, nunca consiguió acabar ninguna de esas historias. No se me dan bien los finales, se dijo mientras sostenía el cuaderno. Se dirigió al mostrador, convencida de que su suerte podría cambiar, y pagó lo que consideró que era una pequeña inversión en las ilusiones que había dejado atrás hacía mucho tiempo. El dependiente volvió a mostrarle la misma sonrisa y al alcanzarle la bolsa, le dijo:

—Mucha suerte.

Emma sonrió ampliamente y se despidió con la mano. Bajó una cuesta que acabó por desembocar en la playa. Se sentó en un pequeño banco de piedra al final del paseo marítimo y abrió el cuaderno. Abrió su bolso en busca de un bolígrafo y miró a la mar, pensativa.

Querido Daniel:

Decía Antonio Machado que era mucho mejor ver la realidad  negra que no verla.

Los hombres, cada vez más, crean una muralla alrededor de su visión de la realidad para evitar que se filtren aquellas partes dolorosas que nos empeñamos en ignorar. Nos anestesiamos a nosotros mismos con refranes y mantras que relajan la angustia que provoca saber que hay vida más allá de esos ladrillos de seguridad y nos apartan de la tentación de mirar por encima de ellos. Coincidirás conmigo en que, aunque antinatural, esta es la postura más segura para nosotros mismos y a veces se vuelve necesaria. La situación en la que se vive en ocasiones nos supera y, si no podemos cambiarla, se entiende que la mejor opción es dejarla parcialmente de lado e intentar recuperarla cuando uno mismo se recupera. Además, evadirse de la realidad es un recurso más que explotado por todos y, lejos de considerarlo algo a evitar; la sociedad nos ayuda continuamente con todas las distracciones que podría ofrecernos. Hasta el día de hoy, yo misma me he encontrado en la necesidad de obligarme a mí misma a cerrar los ojos y poner ladrillos sobre mi muralla de manera metódica e impecable, debido a mi incapacidad de seguir dejando huecos libres.

Sin embargo, hoy, mirando al horizonte, con los pies llenos de arena y el sol en su punto álgido; se me ocurre preguntarte: ¿Si conseguimos ser felices evadiéndonos de la realidad, somos felices de verdad?

¿Somos felices del todo?

¿Somos felices nosotros, o lo que queda de nuestra persona detrás de los ladrillos?

Emma.

Descárgate el PDF.

 
2 comentarios

Publicado por en 23 abril, 2012 en Tintero

 

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2 Respuestas a “Emma (I y II)

  1. ADL

    1 mayo, 2012 at 9:38 am

    Me encanta esa idea de “enamorarse de su futuro”… ¡Y el color gris tubo de escape!
    ¿Y después, qué le ocurre a Emma?

     
    • Miriam Sivianes

      1 mayo, 2012 at 10:22 pm

      Hace falta esperar, un poco =)

       

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