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El trastero

30 Abr

No estoy segura de hasta qué punto vosotros, lectores de H, estáis al tanto de la organización interna de H, de quién gestiona vuestros correos, de quién corrige vuestros artículos, quién prepara esa genial agenda sevillana o quién se encarga de las publicaciones, ya que nosotros lo hacemos todo en nombre del arte y bajo el seudónimo de H. Y así es como debe ser porque, además de una revista de Humanidades, somos una familia.
Esta es, sin embargo, la primera vez firmaré algo con mi nombre, pese a llevar casi dos años a cargo de este blog. Porque la literatura es importante para todos, pero a veces su ironía duele.
No se me dan muy bien las dedicaciones, así que no hablaré más, ya que estas 600 palabras son una dedicación en sí misma. Te quiero.

Ángeles Garrido Oliva

 

                Aquel lugar siempre había sido como su segunda casa. Durante años, casi más de los que podía recordar, había ido y venido continuamente, viviendo entre dos ciudades, y allí siempre había sido bien recibida. A menudo se había preguntado hasta qué punto podía considerarlo «hogar», una persona con tan pocas raíces como ella. ¿Tu patria está donde naces? ¿Donde creces, donde vives? ¿Donde quedan tus recuerdos? Tras mucho pensarlo, había llegado a la conclusión de que tu patria está donde tú la sientes, y eso era lo que siempre le había dado más problemas. Porque ella no se sentía de ningún sitio.

                Pero independientemente de dónde se encontrara, le gustaba pensar que aquel lugar siempre sería un punto al que volver. Fuera a donde fuera, aquella casa, aquella habitación, con todo lo que suponían, siempre seguirían allí, para ella. O al menos, eso era lo que su inconsciente había acabado por asumir, demasiado en contra de la realidad, se dolía de reconocer ahora. La situación había cambiado, y se culpaba de no haberse dado cuenta hasta que había sido demasiado tarde. Había huido de lo simple, de lo conocido, de la aburrida vida en familia; se había marchado lo más lejos de aquella casa que había podido, y ahora que volvía los cambios se hacían más de notar que nunca.

                Durante los primeros años aquel había sido su dormitorio del fin de semana; la única habitación enmoquetada en toda España, con ese sofá-cama tan blandito y sus enormes cojines, perfectos para hacer un fuerte y cubrirlo con sábanas gastadas. Las paredes estaban cubiertas de fotos familiares, jóvenes de los que ya poco queda, imágenes religiosas ya sin valor alguno y un par de onomásticas; ¡hasta un televisor! Todavía podía recordar ese falso reloj de péndulo que solía incordiarla con su tic-tac en las noches de insomnio. La mesilla rota, la máquina de coser. Poco de todo aquello quedaba ahora.

                Con los años, la habitación se había ido convirtiendo en el trastero familiar. La mesilla y el sofá-cama se habían cambiado, el televisor se lo habían llevado, algunas fotos habían desaparecido y hasta ese cojín que había manchado cuando era niña había acabado en la basura. Por el contrario, mil trastos nuevos ocupaban el suelo, y apenas si se podía vislumbrar aún la ennegrecida moqueta, que lo aguantaba todo.

                Mientras se abotonaba la camisa del pijama se preguntaba cuántas noches más pasaría en aquella habitación antes de que todo desapareciera. Cuántos meses más, siendo optimista, hasta que decidieran vaciar el trastero definitivamente.

                La bombilla se había fundido, y nadie se había preocupado por cambiarla, así que no conseguía esbozar más que las siluetas conforme soltaba las gafas en el suelo, junto a un bulto negro con más altura que ella misma, que no tenía la menor idea de qué era, ni a quién pertenecía. Ya no tenía mesilla sobre la que soltar su libro de cabecera, ni luz con la que leerlo; sus medias descansaban sobre la silla de ruedas, junto al caballito de madera que había visto esa misma tarde, al llegar. Suponía que la máquina de coser seguiría aún bajo el desorden, aunque después de tanto tiempo no podría jurarlo.

                Con un suspiro, se recostó, intentando acomodarse a la almohada, que acabó tirando unos segundos después. La Navidad era una fecha feliz, ¿verdad?

                Ese siempre había sido el trastero de su abuela, pero dolía ver cómo se había transformado simplemente en «el trastero». Porque ya no quedaba nada de ella.

Enero 2012

Descárgate el PDF.

 
1 comentario

Publicado por en 30 abril, 2012 en Tintero

 

Etiquetas:

Una respuesta a “El trastero

  1. SirenaVarada

    4 mayo, 2012 at 12:03 am

    Precioso y emotivo

     

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