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Érase una vez en el oeste

07 May

La oscuridad se rompe cuando una puerta se abre ante nosotros mostrándonos la inmensidad de un paisaje árido, potente, poderoso y poético, mientras perseguimos la silueta de una mujer que mira al horizonte. Y al igual que ella, con los ojos y el corazón llenos de arena, columbramos la figura de un jinete que se acerca solitario hacia nosotros. Empieza una vez más la magia de ese magnífico invento llamado western. Empieza un nuevo “érase una vez en el oeste…”

¿Cuántas historias se han arrastrado por esas arenas? ¿Cuántos héroes se enfrentaron en ellas a sus destinos de sangre y pólvora? El heroísmo aquí está sucio y sin afeitar, y tiene la boca seca de tragar whisky y mascar tabaco.

Pero los años no pasan en balde para nadie, y tú no eres una excepción mi querido oeste, y películas que he visto recientemente como El bueno, el malo y el raro, homenaje coreano a Leone, y Sukiyaki Western Django, remake del clásico Django de Corbucci (inolvidable Franco Nero cruzando el oeste con un ataúd a rastras), son ejemplos de cómo algunos reinterpretan hoy este género. En ellas tenemos la espectacularidad y el exceso de un pastiche pseudospaghetti y tarantiniano. ¿Efectivo? Sí ¿Divertido? Mucho, pero se echa de menos el aura poética de John Ford.

Sin embargo últimamente he tenido la suerte de comprobar que el buen western, el profundo, el poético, no ha muerto ni mucho menos. Esta comprobación la he experimentado con una película que dura más de 1800 minutos: Deadwood, la genial serie de la HBO, un western de personajes oscuros, de miradas que hablan de las tragedias y dramas internos que las duras apariencias callan. En cada plano, en cada rincón de ese pueblo maldito lleno de codiciosos, se respira un constante desasosiego, una tormenta a punto de desatarse, mientras el gran protagonista de la serie, que es el buen cine, cabalga a sus anchas.

Este género es eterno, y por ello confiamos en que sigan viniendo nuevas historias que nos cautiven. Nosotros, seguiremos asomándonos a esos horizontes lejanos y de grandeza, esperando, como aquella mujer de Centauros del desierto, que una nueva aventura se acerque a nosotros cabalgando, deseosos de que llegue a dispararnos al corazón. Y si no tenemos esa suerte, al menos nos quedará toda esa infinidad de grandes momentos que el oeste nos regaló y que nadie nos podrá quitar: John Wayne disparando entre las sombras a Liberty Valance, condenando a James Stewart a ser el héroe que no quería ser; Henry Fonda, en Incidente en Ox-Bow, intentando que una turba de hombres sin piedad comprenda que va cometer un gran error; Gary Cooper, en Solo ante el peligro, pidiendo ayuda a un pueblo que le da la espalda; el simpático Cable Hogue muriendo en su trocito de oasis, sin más techo que el cielo y rodeado de los incorrectos personajes que le han acompañado en su camino de suerte y desgracia; Marlon Brando en El rostro impenetrable esperando entre viento y polvo a su compinche, el traicionero Karl Malden; Lee Marvin cantando, con la voz más grave del mundo, Wandering star en La leyenda de la ciudad sin nombre mientras la lluvia le moja el corazón; Katy Jurado, en Pat Garrett y Billy The Kid, llorando silenciosa mientras ve a su marido desangrarse al son del Knockin’ on Heaven’s Door de Bob Dylan; Lee Van Cleef y Gian María Volonté, en La muerte tenía un precio, esperando sudorosos a que acabe la música para dispararse; Claudia Cardinale, en Hasta que llegó su hora, esperando en la estación de tren a su marido que nunca llegará, mientras nosotros nos enamoramos de ella y de la música de Morricone; o el inimitable Clint Eastwood, viejo y cansado, obligado a reencontrarse con un pasado del que huye en Sin Perdón.

La puerta se cierra y desaparece de nuestra vista el árido paisaje. Nuestro corazón quedó atrapado en aquel páramo, emborrachándose con whisky barato en el Saloon, y allí permanecerá, llorando lágrimas de arena, a la espera de que empiece un nuevo “érase una vez en el oeste…”

Moisés Hidalgo García,

H de Humanidades


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Publicado por en 7 mayo, 2012 en La última fila

 

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