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Adios, huelebraguetas

22 May

Allí estaba la placa, con el dorado comido por un óxido que era testigo del tiempo y de la indiferencia, oliendo a libro viejo y a blanco y negro. Pero allí estaba, olvidada pero firme, entre un Martín Pérez, abogado, y un Martín Poyato, urólogo. Allí estaba ella, observándome: «Moisés Hidalgo, detective privado».

¿Pero qué clase de sueño es este si ya nadie sueña con detectives privados? Quizás fuera este el sueño eterno, y quizás sea ahí donde habita el huelebraguetas, observándolo todo desde la distancia, pateando las calles, viviendo según su propia ley.

Antes sí que soñábamos contigo, detective privado. Estabas vivo en los sueños negros de la literatura y el cine, y soñábamos con montar nuestra agencia de detectives junto con nuestro amigo Archer, y con vivir con una pistola en el cajón, aunque la usáramos sólo cuando fuera estrictamente necesario: «tantas armas en la ciudad y tan pocos cerebros», decía Humphrey Bogart-Philip Marlowe. En nuestro sueño convivíamos con los bajos fondos, yendo a garitos sucios llevados por gánsteres, relacionándonos con buscavidas y sinvergüenzas de tres al cuarto. Y también estabas tú, femme fatale, y tú eras nuestra mayor amenaza, porque corríamos el peligro de enamorarnos de tus piernas interminables y de tus ojos infinitos. No eras de fiar, femme fatale, porque eras una superviviente, y el Agente de la Continental, en Cosecha roja, lo sabía: «Parecía decir la verdad, aunque esto no significaba nada hablando de mujeres, y menos de mujeres de ojos azules».

También soñábamos en español, con nuestro Pepe Carvalho, nuestro gallego favorito, el último detective privado. Sin duda el personaje de Montalbán era único, un ex de todo (ex marido, ex presidiario, ex agente de la CIA, ex miembro del Partido Comunista…), un observador omnisciente y automarginado que renegaba de toda la cultura que empapaba su pasado. Y, sobre todo, era  un gourmet. Carvalho permanecía al margen, refugiado en su casa de Vallvidrera, enciendo cada día su chimenea con un libro, guisando un salmis de pato a las dos de la mañana, y rodeándose de los suyos: la Charo, el Biscuter, el Bromuro…

Pero, como ya se ha dicho, ya no nos quedan detectives privados, y nos queda de todo: policías neoyorkinos tragadonuts y de gatillo fácil, agentes del FBI, agentes de la DEA, policías suecos de pueblo, periodistas también suecos que dirigen revistas investigativas, guardias civiles que se llaman Chamorro y policías corruptos interpretados por Coronado.

Te has marchado de los sueños, detective privado, pero siempre estás ahí, oculto en tu guarida antiheroica, controlándolo todo con una sonrisa cínica en tus labios. Te vas pero te quedas, por eso me despido de ti con un largo adiós, mejor dicho, un adiós eterno. Eterno como tu destino, como el cigarro de Bogart y como los ojos de la femme fatale. Eterno como el sueño.

Adiós, huelebraguetas.

Humphrey Marlowe

Bájate  esta historia en PDF.

 
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Publicado por en 22 mayo, 2012 en Tintero

 

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