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Laura, indignada

07 Jul

Hola, me llamo Laura González, estoy parada, y esta es mi historia.

Yo había ido a Sol, como el año pasado, porque estaba indignada. Hace ya dos años que estoy en paro, y no parece que esto vaya a cambiar pronto. Por si fuera poco, en mi familia las cosas tampoco van demasiado bien. Mis padres, ambos ex funcionarios, están los dos prejubilados (la empresa en la cual trabajaba mi padre cerró de manera repentina, y poco después mi madre cayó en una profunda depresión) y todavía tienen deudas que acumularon para pagarnos la educación a mi hermano y a mí. Mi hermano, homosexual, ateo, sindicalista, y licenciado en Periodismo, tiene 31 años y dos másteres, uno de ellos por la Sorbona de París; y divide su tiempo entre un trabajo a tiempo parcial de community manager en Intereconomía (la cual le prohíbe unirse a cualquier tipo de protesta o reivindicación, bajo amenaza de despido) y un eterno contrato de prácticas no remuneradas con El País. Tuvo Matrícula de Honor en el instituto y el mejor expediente de su promoción en la Complutense.

No me gusta hablar de mí misma, pero creo que si hay un momento oportuno es este. Al acabar el instituto obtuve una beca para estudiar en el Art Institute de Chicago. Por supuesto, compaginaba mis estudios con un trabajo como camarera en un bar de ambiente, hasta que las autoridades obligaron a cerrar el local tras descubrir que el dueño era un proxeneta, y que el pub era la tapadera para una red de prostitución infantil. Fue entonces cuando empecé a cuidar niños. No conseguía tanto dinero como en el bar de gais puteros y chaperos (en el cual la propina era, todo hay que decirlo) ciertamente cuantiosa, pero al menos era más tranquilo, y a los niños les encantaban mis pinturas y mis historias sobre reyes, caballeros y princesas. Ah, claro, no os lo había dicho: soy una gran amante de la historia, especialmente de la medieval.

Cuando acabé volví a España con intención de convertirme en una artista. Tampoco tenía grandes sueños: exponer en galerías locales, vender alguna obra a algún enamorado del arte contemporáneo, quizás utilizar mis contactos estadounidenses para no quedarme estancada en una sola ciudad. Siempre había fantaseado con vivir en San Francisco, y mi hermano y yo planeábamos huir juntos algún día, pero el billete era demasiado caro. Echaba de menos mi tierra, y llevaba tantos años fuera que sentía una necesidad imperiosa de quedarme algún tiempo. En el fondo, deseaba profundamente enamorarme de alguien que tocara la guitarra flamenca y cantase coplas (y eso que nunca me han gustado ninguna de las dos cosas) y que el afortunado (o afortunada, quién sabe) me pidiera que nos quedásemos en Madrid o Barcelona.

Nada más volver conocí a Dominique. Era senegalés y había venido aquí huyendo de un país en el que todo eran barreras, y para él España era un paraíso, un regalo de los dioses, una recompensa del Karma. Pobre iluso. Aunque vivía en la miseria, para él cada amanecer era una nueva vida, una vida en la que había sido bendecido por la diosa Fortuna. Él inspiró el cuadro que considero mi obra maestra, y el cual he titulado Amanecer y negro feliz. ¿Sencillo, banal? Puede ser, pero así es la felicidad para mí, sencilla como un desayuno con café y tostadas.

Entonces vino la crisis. Al principio lo negaban, como con el cambio climático, pero luego se hizo tan evidente que tuvieron que empezar a tomar medidas. Too late. Siguieron discutiendo, gritándose entre ellos como si de chonis de barrio se tratara y lanzándose el muerto unos a otros, de un lado a otro del Congreso. Cuando empezó el movimiento 15M estuve ahí, manifestándome por mis derechos, mientras una señora borde, desagradable y de imagen cómica nos llamaba perroflautas. Algunos de mis compañeros de reivindicación recibieron golpes por parte de policías, aquello ya me asustó un poco y fue cuando me alejé de las manifestaciones. De todas formas, aquello iba decayendo, y a medida que pasó el verano y fue acercándose el invierno parecía que el espíritu revolucionario empezaba a hibernar.

Luego cambiaron de color en la Moncloa, ese castillo inexpugnable desde el que un señor barbudo toma decisiones que nos afectan a todos los españoles, pero la cosa no fue a mejor. Muchas promesas incumplidas y otras sorpresas aún más desagradables. La gente se manifestaba y salía a la calle, pero siempre era para nada. En las televisiones y los diarios, la bruja rubia que protagoniza anuncios de Zara y sus compañeros de secta negaban los números que las imágenes confirmaban. Una vez más, eso fue todo. Dominique iba a dejar de tener acceso a la sanidad pública, así que empezamos a pensar en casarnos, a pesar de las incontables veces que he discutido con amigos y desconocidos por lo absurdo del contrato al que llaman matrimonio. Con mi madre en depresión y mi padre en camino de caer también tampoco podíamos irnos de España.

Llegó entonces la conmemoración del aniversario del 15M, celebrada el 12 de mayo en todo el mundo, y decidí que tenía que volver a salir. Por mi madre y por mi padre, que han trabajado toda su vida para la sociedad y ahora unos pocos quieren privarles de su recompensa. Por mi hermano, que está a punto de perder el derecho a amar libremente, y que está ninguneado por un sistema de medios que impide pensar diferente. Por Dominique, que además de ser inmigrante es un ser humano. Por los millones de personas que han sido engañados y robados por señores vestidos de traje de chaqueta. Y, sobre todo, salí por mí, porque no iba a permitir que la democracia y el país que muchos habían construid con sudor, lágrimas y sangre se fueran a la basura por la avaricia y el egoísmo de unos pocos.

Fui al #12M15M y fue como revivir todas las pasiones que había reprimido. Pude ver que los españoles estaban ahí, indignados como yo, y que estaban dispuestos a manifestarse por su país. Como bien sabréis por los medios, todo transcurrió de manera pacífica. ¿Habéis leído Como agua para chocolate? Hubo momentos en que creí que ese cerillo iba a encenderse dentro de mí y que iba a morir de emoción.

Sin embargo, hay algo que no os contaron los medios. Cuando ya había oscurecido, la protesta seguía en pie, y la policía empezaba a cumplir con las órdenes de desalojo de la plaza. Yo, como buena ciudadana, decidí levantarme e irme, pero me quedé un rato más por los alrededores. Yo y mi amigo Rafa, biotecnólogo en el paro más absoluto, nos unimos a un grupo de jóvenes que abucheaban a los policías. Cuando pasaban entre nosotros se detuvieron, y entonces, en un arranque pasional, me acerqué a uno de ellos pidiéndole a gritos que nos explicaran todo: la crisis, el paro, el  hambre, las mentiras… Se dio la vuelta, me miró con arqueando los ojos y me dio un puñetazo en la cara.

Salí disparada hacia atrás y la multitud se lanzó a por los policías. Menos mal que no se atrevieron a agredirle, si no alguien más podría haber salido herido. Empecé a sangrar mucho y tuvieron que llevarme a urgencias. Para cuando me atendieron, uno de mis acompañantes, enfermero en paro, ya había contenido la hemorragia y hecho la mayoría de la faena médica. Aquí estoy, tirada en la camilla, el día después de ser agredida por un policía al cual nadie ha podido identificar, y pensando en aquella menor a la que la policía pegó durante la JMJ. No sé si habréis oído hablar de ella, pero se alteró bastante con unos policías y recibió unos buenos golpes a cambio. Mientras tanto, miles de jóvenes de todo el mundo ensuciaban de manera asquerosa las calles de Madrid entre marchas y botellones en las plazas del centro (nunca olvidaré las imágenes de “peregrinos” borrachos meando en las fuentes madrileñas); todo ello con la excusa de ver a un señor mayor que predica la intolerancia y la barbarie ideológica, que pide humildad pero que posee una fortuna astronómica, y cuyo pensamiento es contemporáneo de la Segunda Revolución Industrial. ¿Sabéis una cosa? Mis abuelos paternos eran religiosos, y eran las mejores personas del mundo. Mis abuelos maternos no, y también.

Sin embargo, al pensar estas cosas intento no sentirme desgraciada, porque hay muchas personas que están en peores condiciones que yo. Pienso en los países árabes o en China, que han pasado de ser lugares exóticos que aparecen en elaboradas guías turísticas y que todos sueñan con visitar en su luna de miel a ser cárceles dictatoriales donde se violan muchos derechos humanos. Pienso en el hambre en el mundo, en la deforestación del Amazonas, en los osos panda del Ártico, y los problemas de España me parecen menos preocupantes.

Pero vuelvo a pensar mi querida España, y en el vídeo de Youtube que prueba la veracidad de mi historia, y ni el señor de los comentarios fachas que alaba a Rajoy que está a mi lado consigue desanimarme en mi sentencia definitiva: ¡Qué asco de país!

Enrique Anarte,

H (de Humanidades)

Nota: Laura González no existe en la vida real, aunque sí en los corazones de todos los indignados. No obstante, la historia está basada en hechos reales. El vídeo de la chica golpeada sí existe, y está disponible en Youtube y en distintos blogs. No intenten buscarlo en ningún medio de comunicación serio, será inútil.

No olvides descargarte este microrrelato en PDF.

 
2 comentarios

Publicado por en 7 julio, 2012 en Parlamento, política y opinión, Tintero

 

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2 Respuestas a “Laura, indignada

  1. like

    13 agosto, 2012 at 3:46 pm

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