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El más grande del mundo

09 Oct

Todos vosotros habéis oído las historias de creación de este mundo. Todos vosotros sabéis que hace ya mucho tiempo, cuando esta Tierra era aún joven, no había ni agua ni tierra por separado como los hay hoy en día, sino que en su lugar, un inmenso pantano se extendía hasta donde el océano besa el cielo. En este tiempo, el Gran Soñador, creador de este mundo, concibió una semilla, una simple semillita de nada de la que brotó el Primer Árbol, cuyas raíces se introdujeron muchos metros en la tierra y sus ramas se extendieron muchos metros en el aire, y de esta forma elevó la tierra secándola, y a éste Primer Árbol, o Näheley, siguieron muchas otras plantas menores que fueron a refugiarse a su sombra de los pájaros que las picoteaban, que con su savia se defendían de los gusanos que las mordisqueaban, y así, planta a planta, el mundo emergió de las aguas y agua y tierra se separaron.

Pues bien, ocurrió que llegado un día el Gran Näheley se secó y murió y su tronco sirvió para que miríadas de flores crecieran y vivieran, los hongos se reprodujeron vivamente en él y los pájaros anidaron entre sus secas ramas. Durante mucho tiempo los bosques de este mundo medraron y cambiaron de forma, de apariencia y de tamaño, siempre vivos, siempre latiendo en ellos el amor del Primer Gran Árbol. Con el paso del tiempo las plantas, que al principio habían adorado al Primer Gran Árbol, se hicieron melindrosas y la vanidad se apoderó de algunas de ellas, más altas que las otras, y así los cipreses empezaron a canturrear canciones a las hierbas que decían que les susurraba el viento a las ramas. Comprenderéis que las hierbas se pusieron celosas y empezaron a moverse al unísono diciendo que podían escuchar los pasos de la Madre Tierra desde dentro. Unos y otros cantaron y gritaron con estridentes voces, sin preocuparse por dar flores, semillas y frutos más que por vanidad y nunca para donarlos a la tierra. Y cuando unos y otros empezaban a aburrirse, una simple semillita de nada, pequeña e insignificante, decidió salir de su letargo y abrirse al mundo, y levantó tímidamente unas hojuelas al sol.

Las hierbas, sin saber muy bien de dónde había salido aquella brizna, comenzaron por recelar de ella y murmuraban entre sí preguntando quién era aquella recién llegada. La brizna se levantó y las saludó, pero no recibió respuesta, y desde detrás un fiero matorral de espino la increpó diciendo, “ah, otra nueva hierba, ¿es que no os cansáis de multiplicaros, en vez de crecer?”

La brizna no comprendió nada, pero con el paso del tiempo y al ver que se sentía fuerte con la luz del sol se vio capaz de crecer, y entonces elevó un pequeño tallito que levantó sus hojuelas del suelo, verde y fresco como la lluvia de verano. Y entonces las hierbas le decían, recelosas, que se trataba de una hierba demasiado delgada, que no tardaría en morir, y le daban la espalda.

La brizna, trastornada por el desprecio de las otras plantas, tomó toda el agua de rocío que pudo dentro de sí, y entonces desarrolló un tronco cada vez más grueso y fuerte, del que salieron otras tantas hojuelas que le sirvieron para alimentarse. Sus raíces penetraron en la tierra casi un metro, buscando más agua para desarrollarse. Entonces los matorrales empezaron a murmurar entre sí diciendo que aquella no era una hierba normal, y le dijeron que aquel tronco grueso y oscuro y feo que tenía acabaría por dejarla seca, que jamás podría crecer hacia arriba y que nunca sería como las demás plantas.

La brizna, que ya era un pequeño arbolito, se sintió henchida de valor y de reto, y dejó que las sales y las hojas muertas de varios metros a la redonda la nutrieran, abrió aún más sus hojas y las reemplazó por otras más grandes, oscuras y fuertes, y se elevó en el aire con sus ramas extendidas al sol. No se preocupó en crecer derecho sino en crecer hacia arriba más y más, de forma que su tronco empezó a retorcerse y sus raíces tuvieron que extenderse muchos metros bajo tierra para soportar su peso. Las hojas hijas eran largas y delgadas y estaban extendidas hacia el cielo, pero aún así y todo la planta no era tan fuerte y gruesa como los robles ni tan alta y esbelta como los cipreses, que empezaron a murmurar entre sí y a reírse de ella, diciendo que estaba perdiendo el tiempo en crecer sin saber hacia dónde.

El árbol se enfureció y hundió más aún sus raíces en la tierra, hacia abajo y hacia todos lados, de forma que levantó toda la tierra de su alrededor, creando ondas en el suelo y mostrando sus gruesas raíces al mundo, asfixiando a las hierbas y aislando a los matorrales, y se levantó muchos metros en el cielo tanto como le permitieron sus hojas, que multiplicó por miles formando una enorme copa que ahogaba a los robles. Extendió sus ramas hacia todas direcciones sin preocuparse por dar flores ni frutos ni semillas, sólo preocupada en crecer, hasta que fue más robusta que los robles y las encinas y más alta que los cipreses, hasta que sus raíces se hundieron en la roca bajo la tierra y su sombra dejaba sin luz a cientos de pequeñas plantas, y aún así siguió creciendo, más y más hacia el cielo, extendiéndose para tomar toda la luz del sol sin preocuparse en nadie más.

Entonces dos pájaros que pasaban observaron la copa de aquel enorme árbol que se extendía muchos metros sobre el bosque y murmuraron entre sí que se trataba de un árbol pretencioso, que nunca jamás llegaría a oír cantar a las nubes bajo el sol y que nunca sería capaz de besar a la luna. El enorme árbol oyó sus comentarios y decidió crecer más y más, hacia el cielo, hasta que su copa tapó a todo el bosque y los cultivos de los hombres, hasta que sus raíces se hundieron más y más en la roca en la tierra donde ya no existe vida sino fuego, hasta hacerle cosquillas con sus raíces a la Madre Tierra, se extendió hasta que todo el aire que pasaba lo refrescaba y detenía a las nubes, hasta que cuando bebía agua del suelo formaba desiertos bajo los pies de los animales y los hombres y éstos se asustaron de su poder. Los pájaros ya no podían volar con libertad por su copa, los peces no podían ya nadar y morar en los abrevaderos que el gran árbol había secado, los animales de la tierra ya no podían comer de las plantas que no podían crecer en aquella tierra yerma, sustituidas por otras plantas más recias y espinosas y hurañas, plantas de desierto. Y los hombres no podían cultivar en aquella tierra arenosa y muerta.

Y el árbol recibía en sí todas las tormentas que traían los vientos del este, todos los hongos del mundo moraban en él, y todos los pájaros tenían en él su nido. Pero ninguno de ellos tenía nada para comer, porque el gran árbol, preocupado sólo por crecer, había olvidado fabricar flores que alimentaran a las abejas y frutos que alimentaran a los pájaros, sus hojas estaban demasiado altas como para que a ellas llegaran los animales de la tierra y sus raíces no permitían el paso de los gusanos y los topos. Y entonces todos los animales del mundo, incluyendo a los humanos, se fueron y lo dejaron solo. En la soledad de la noche, bajo el brillo de miles de estrellas cuya luz no permitía ver a nadie, el árbol se sintió muy triste, pero ya nada podía hacer para solucionarlo, pues había crecido sin un alma que entregar a los animales y plantas del mundo. Y en efecto, un día, después de una terrible tormenta con rayos que se descargaron todos sobre él, una ardilla venida de muy lejos dijo a un zorro que había visto el tronco de un árbol enorme tendido sobre el suelo arenoso, y desde todas partes acudieron los animales que fueron a ver lo que había pasado. El Gran Árbol, el único y el mayor hijo del Primer Árbol, había muerto. Por su inmenso tronco hueco, vacío de vida, fluían tres ríos que se habían formado a partir de todo el rocío acumulado en sus hojas, y tanto rocío había acumulado, que horadaron tres valles que reverdecieron al instante. Su enorme raíz se había quemado y había dejado un hueco tal que los tres ríos vertieron en él sus aguas formando un mar salado por todos los minerales que había absorbido, y los millones de hongos que habitaban su tronco dejaron el alimento vital necesario para el crecimiento de miles de millones de plantas. Las nubes, que ya no estaban retenidas, pudieron pasar descargando la lluvia de años de retraso y el mundo en el que una vez vivió el árbol volvió a ser verde otra vez.

Y desde entonces, las plantas y los animales recordaron con reverencia a aquel enorme y anciano árbol, el hijo del Primer Árbol, y llegó a ser más famoso que aquél. Pues aunque el Primer Árbol les había dado la vida, el Segundo les había dado la humildad de saberse cada uno en su sitio en el mundo, y nunca más se preocuparon de jactarse de lo que sentían y eran antes que de formar frutos y de compartir el alimento para nutrir a todos los que tenían a su alrededor. Y entonces un nuevo bosque, mucho más frondoso y espeso y lleno de vida que antes, tomó su lugar.

Carlos Domínguez

Cuentos del Hamma I

 
2 comentarios

Publicado por en 9 octubre, 2012 en Tintero

 

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2 Respuestas a “El más grande del mundo

  1. E.

    26 octubre, 2012 at 12:13 am

    Es, simplemente, precioso.

     

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