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Has tardado

14 Oct

Nos volvimos a encontrar en la biblioteca. La fiesta había terminado y los pocos estúpidos que quedaban, recogían.

Aquella zorra frustrada me miraba desafiante desde detrás del mostrador.

Pude leer en su mente que quería partirme la cara, así que, aceptando el reto de su mirada, encendí un cigarrillo y la esperé. 

Su altanería tardó poco en acercarse a mí subida en unos tacones doblados por el peso de sus muslos y su conciencia.

—Aquí no se puede fumar —dijo su voz, afónica del concierto.

Sonreí con el cigarrillo entre los dientes y dejé caer con elegancia algunas cenizas sobre sus medias descosidas. El lunar de su rodilla derecha me invitaba a apagar mi colilla sobre él. Pero no iba a estropear un cigarrillo recién empezado.

Se quedó mirándome expectante y ansiosa por una respuesta.

—Lo sé —le dije bajando los pies de la mesa.

—Pues no fumes, nos echarán a todos, gilipollas —gritó con voz grave. Su dulce garganta estaba desgarrada por el grito del Imagine de Lennon.

Tiré el cigarrillo al suelo y lo apagó a pisotones, mientras yo meneaba mis caderas hacia donde su amado amante yacía, sedado por el whisky que no acostumbraba a beber. Abrazaba la botella como si de un amigo de la infancia se tratara y su boca entreabierta llena de dientes de rata le hacía parecer adorable a pesar del hilo de espuma amarilla que se asomaba por la comisura de sus labios. Estaba de lado, me daba la espalda desde mi posición.

Con la puntera de mi zapato zarandeé una de sus piernas. Inmutable.

Me giré hacia mi amiga, que me observaba con desconfianza. Aproveché su inseguridad para mostrarme vanidosa, mi defecto más preciado. Me senté en una mesa próxima y la miré.

—Sé que te gustan, no has parado de mirarlos en toda la noche —le dije, haciendo girar mis tobillos como Minelli en Mein herr. – Me los han traído de Manhattan.

—Seguro que te los ha traído algún hijo de puta que te follaste allí.

Su odio no conocía fronteras, pero mi paciencia, sí.

—Tu lengua no me hace daño.

Los pocos capullos de allí habían cesado en sus tareas. Ahora teníamos toda su atención.

—Ya tienes lo que querías, bonita. Te están mirando todos.

Y así era, efectivamente. Aquellos desgraciados no habían pagado para ver el espectáculo, sin embargo iba a ser mi salto a la fama y quería testigos.

—Sí, tengo a todos los que quería tener hoy aquí —le dije. Puse los pies en el suelo y los ojos en el comatoso amante—. Es muy mono… Tan mono que sería una pena despertarlo, ¿no?

La aguja de acero del tacón izquierdo se levantó unos centímetros antes de trepanar la sien del alcohólico ocasional que dormía en el suelo. Ahora compartiría el frío con su cuerpo, demasiado débil para un zapato. Demasiado fuerte para causar dolor.

—Justo donde me disparaste.

Los gritos ensordecieron el silencio de la ciudad y todos fueron a llorar al muerto.

Recogí mis guantes y me fui dejando una huella ensangrentada.

Él me esperaba fuera con el motor en marcha.

—Has tardado.

—Tenía que pavonearme —le dije limpiando la sangre del tacón—. Ellos me han ido matando cada día, yo solo he matado una vez.

Me miró sonriente, orgulloso del monstruo que había creado.

—¿Próxima parada? —le pregunté.

—Hasta que se acabe la gasolina —dijo subiendo el volumen de la radio, donde pronto se contaría esta historia.

Inmaculada Rodríguez

Has tardado (PDF)

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Publicado por en 14 octubre, 2012 en Tintero

 

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