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Ser un emigrante

17 Ene

Recientemente se están animando los movimientos migratorios. Es algo típico en el ser humano: cuando las condiciones de vida en un lugar no permiten el bienestar de sí mismos, o de sus familias, la necesidad o bien la búsqueda de una mejor calidad de vida nos impulsa a movernos. No se trata de simple egoísmo; más bien de todo lo contrario. Por desgracia, existen muchos países cuyos ciudadanos están impelidos a salir de ellos para asegurar su propia vida y existencia, sea por conflictos internos, por situaciones de máxima pobreza o hambre, por enfermedades o por persecuciones políticas. 

En muchos otros países afortunados como el nuestro en los que el Estado nos ha asegurado al menos comida, techo, atención sanitaria, educación gratuita y una serie de privilegios legales y sociales que a pesar de los pesares suelen intentar socavarse desde los parlamentos durante las etapas de crisis, la necesidad imperiosa de salir no es tanta. Es algo por lo que estar agradecido: tener dos piernas que funcionen, ojos que vean, una mente que pueda enfocarse en algo y elaborar conclusiones, unos brazos que puedan levantar pesos, un corazón que nos bombee suficiente sangre para trabajar y encima el apoyo de una familia con una casa, un plato de comida caliente en la mesa, suficiente electricidad para hacer algo de vida nocturna, una formación y ocasionalmente una red local de internet para poder estudiar, estar actualizado y hacer gestiones.

Sin embargo existen expectativas, existen sueños y verdades tras esos sueños, sueños que antes se podían cumplir. Donde antes entraba la máxima paternal: “estudia algo y serás un hombre de pro”, y durante muchos años así fue, hoy en día esta se ha licuado en la realidad de muchos países agraciados en principio bajo el paraguas del Estado del bienestar y que ahora están sumidos en la más terrible crisis en la que compañías de calificación se permiten el privilegio de definir las posibilidades económicas de toda una nación, ensalzando o condenando a millones de personas al ostracismo internacional independientemente de su valía como personas o como profesionales. Hoy estamos en un día en que las políticas internacionales se entremezclan y, como en tiempos del colonialismo, los países considerados fuera de la crisis pueden adjudicarse el derecho de definir las políticas económicas de aquellos que aún no han salido. Nos encontramos en un mundo que acepta y permite que, a tenor de las bajadas o subidas de la bolsa, en la que sólo unos pocos cotizan, suba o baje la intención de voto de ciertos partidos políticos y que incluso se acepte la llegada de un técnico económico al que nadie había votado para “encauzar” el destino del país.

En el caso de Europa, por desgracia, en lugar de reforzarse el sentimiento de comunidad que hasta ahora se había estado gestando entre los ciudadanos de los Estados miembros y pasar al siguiente nivel de unión, los discursos políticos demagógicos y oportunistas han llevado a la desconfianza, a la separación y en algunos casos incluso al racismo. En lugar de fomentarse la cooperación y la solidaridad, el pueblo acepta tácitamente el inútil orgullo nacional que acompaña a una situación económica determinada en comparación con los países de su alrededor, de los que en ciertas épocas recibe inmigrantes a los que no puede digerir bien.

A muchos de los españoles emigrantes en Alemania va a tocarles enfrentarse a una creciente población de alemanes insatisfechos con las políticas económicas europeas, que aceptan de forma visceral y sin pensar los discursos demagógicos de Angela Merkel y de sus secuaces, para los que prima una consideración fría y matemática de la situación de otros países en lugar de elegir ser humanos por encima de ser estadistas y acceder a datos realmente significativos del estado de la población de aquellos países a los que llaman PIIGS (Portugal-Ireland-Italy-Greece-Spain): la tasa de suicidio asociada a la crisis, el umbral de pobreza, el poder adquisitivo medio y la intención de voto hacia partidos de ultraderecha, entre otros, que son una llamada de atención sobre la peligrosidad de explotar a un pueblo hasta que no pueda más.

Afortunadamente “solo” recibí comentarios despectivos hacia mi nacionalidad tres veces en un año en Alemania entre septiembre de 2010 y agosto de 2011; no obstante, calculo que ahora este número puede verse aumentado.

Carlos Domínguez.

Ser un emigrante (PDF)

 
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Publicado por en 17 enero, 2013 en Parlamento, política y opinión

 

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