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La vida es sueño

12 Feb

El conflicto universal vuelve a cobrar vida en el Lope de Vega

“Apurar, cielos, pretendo,

 ya que me tratáis así

 qué delito cometí

 contra vosotros naciendo…”

El jueves, un abarrotado Lope de Vega abría sus puertas al que ha sido uno de los más exitosos estrenos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en las últimas décadas: La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Obra que vuelve a tomar aliento y a interrogarse a sí misma bajo la dirección de Helena Pimienta y de la mano de prestigiosos actores como Blanca Portillo, premio nacional de teatro, que han conseguido hacerse con la crítica y en este caso, colgar el cartel de entradas agotadas en el teatro sevillano días antes de su estreno.

Dotada de una sencillez escenográfica a través de un escenario único, la directora Helena Pimienta sitúa al palacio y a la torre en el mismo lugar, que sin escatimar en barrocos y pomposos medios, presenta un espacio conceptual, con una luz vívida cuando los versos la reclaman, y gris cuando al carácter medieval de la trama lo precisa, permitiendo un ritmo continuo, pero lleno de obligados espacios para la reflexión y deleite del espectador que, junto a una música sensible y acertada, hace sorprenderlos cuando llega el final y comprueban que han pasado más de dos horas desde que la joven Rosaura irrumpiera en el escenario de un Lope de Vega abarrotado y expectante.El autor de esta versión, el dramaturgo contemporáneo Juan Mayorga, utiliza esa exquisitez de ser fiel al texto, a la trama y al verso de Calderón, combinándolo con, aunque escasas, exitosas innovaciones respetuosas como la incorporación de un tenor, Ángel Castilla, cuya voz sirve de telón de fondo al silencio que provoca la reflexión de los espectadores cuando Segismundo finaliza sus soliloquios.

El acertado reparto, ofrece a los asistentes la juventud madura de la voz de Marta Poveda en el papel de Rosaura, la calidad de la experiencia de un excelente y humanizado Rey Basilio –interpretado por Joaquín Notario- en una combinación perfecta para el traje literario calderoniano, con actores como David Lorente, Fernando Sansegundo o Pepa Pedroche.

Pero sin duda, uno de los éxitos fundamentales  de la obra es la magistral interpretación de una Blanca Portillo, que, por un lado vuelve a consolidarse como una de las actrices más maduras y brillantes de la dramaturgia española, y por otro, demuestra a quienes, banales, ostentan la bandera de cuestionar el rompimiento de los caracteres de género en escena, con el desafío de interpretar a un clásico papel masculino, cuyos resultados son más que tangibles con las excelentes críticas al trabajo de la actriz. Portillo construye y da vida a un Segismundo impactante, casi enigmático, con una humanidad palpable y a veces incluso, dolorosa, que lo aleja con éxito de cualquier tentación de presentar a un Segismundo  fuerte y masculino, regalándonos un delicioso personaje, más tierno y desamparado ,  indefenso, que consigue combinar acertadamente la fuerza con una debilidad tangible incluso en los momentos más violentos protagonizados por el personaje, resultado de una magistral construcción, propia de actrices excelentes como Blanca Portillo.                   

La extraordinaria profundidad  y complejidad de La vida es sueño, convierte al espectador en un obligado sujeto activo a través de un casi diálogo filosófico entre los versos de Calderón y los espectadores, que ha convertido a la obra no sólo en uno de los textos más hermosos del Siglo de Oro español, sino de la dramaturgia universal de todos los tiempos.La búsqueda y defensa de la verdad, tanto de Segismundo como de la protagonista femenina, Rosaura, que conviven en una atormentada dualidad, hace de la trama una continua y vívida batalla entre la libertad y el destino, entre la esencia y la existencia, en una contienda que se convierte en eterna y universal, pues los versos de Calderón yacen en la conflictividad con la que el ser humano se dibuja y se construye ante una realidad que se presenta como dada e impone la predestinación de la vida de los protagonistas. Es en esa lucha entre la libertad y la imposición, donde yace el carácter humano y universal de la obra, que sin embargo, nos alienta de esperanza en un ejercicio de reflexión donde los protagonistas acaban dibujándose y construyéndose a sí mismos, enfrentándose, cual Antígona, al destino y a las imposiciones de la realidad, en una búsqueda alentadora de la verdad que se engrandece en las palabras de un Segismundo y una Rosaura que acaban encontrándola con exaltada dignidad, mérito indispensable donde quizás se empezó a tejer la búsqueda de la libertad en unos personajes que navegan entre la ficción y la realidad.

Enrique García Pozo.

La vida es sueño (PDF)

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Publicado por en 12 febrero, 2013 en La última fila

 

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