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Dublín: el alma de una ciudad

16 Jun

 Es difícil definir cuál es el alma de Dublín. Capital de un país al cual no representa, la ciudad se debate entre contradicciones, anacronismos y últimas tendencias. Por sus calles uno esperaría escuchar esa variedad del inglés característica de estas tierras que tan indescifrable es para el extranjero incauto, pero es algo distinto lo que oye. He escuchado que, según las estadísticas, son eslavos la mayoría de los inmigrantes instalados en la ciudad, pero lo cierto es que es imposible pasear por el centro sin cruzarse repetidas veces con viandantes hablando, con su tono, volumen y gesticulación tan característicos, la hermosa lengua castellana.

            Dicen que fuera de Dublín solo hay ovejas. Estén o no estos rumores en lo cierto, en Dublín no hay ni rastro de los suaves ovinos. Tampoco parece que los habitantes de la ciudad estén muy habituados al campo: el aspecto de los paseantes no difiere mucho del que podríamos observar en otras capitales europeas, aunque quizás sí sea destacable una cierta deformación de las tendencias estéticas indumentarias dominantes. No es algo repelente, pero sí un poco grotesco, decadente.

Algunos conocen Dublín (e Irlanda, pues para muchos el país es poco más) por sus genios literarios. Oscar Wilde, James Joyce, Bernard Shaw, Samuel Beckett, W. B. Yeats… No me inclino, sin embargo, a considerar que sean el alma de esta ciudad, ni mucho menos de este país. Este no es un país de genios exitosos, sino de ciegos y sordos, de inmovilistas, de mentalidades demasiado confesionales, de identidades en perpetuo conflicto y, por encima de todo, de hipocresía. Porque no hemos de olvidar que pocas veces recibieron estos genios una cálida aprobación de parte de la sociedad dublinesa, al menos no por sus genialidades que les hicieron inmortales, al menos no antes de dejar este mundo.

Otro de los aspectos por los que es mundialmente conocida esta ciudad es por su cerveza, la renombrada Guinness. El culto que le profesan los irlandeses es ciertamente fanático. Cae la noche (horas antes que en las cálidas playas de terciopelo onubenses) y la calle se llena de dublineses ebrios. Si alguna vez han pensado que los jóvenes españoles beben demasiado, deberían experimentar una noche de juerga de un treintañero en Dublín. Vestidos incomprensiblemente cortos para las temperaturas que la ciudad acostumbra a soportar, tacones imposibles con los que jamás se aprendió a andar, bandas de hombretones farfullando inútilmente para entenderse unos a otros, hordas de seres tambaleantes por las calles… Por supuesto, la imagen probablemente sea una percepción algo subjetiva de un andaluz que, bajo capas y capas de abrigo y protegido con bufanda, gorro y guantes, hacía un esfuerzo para no morir de hipotermia.

De la religión, del catolicismo en Irlanda, podríamos hablar largo y tendido, pero sin duda muchos coincidirán en que no es, de lejos, algo definitorio de esta ciudad. El alcance de su influencia es, en algunos casos, aterrador, pero poco a poco vemos cómo los fenómenos sociales contemporáneos van acabando con el tradicionalismo y el inmovilismo de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Quizás Dublín pueda ser en determinadas ocasiones y en relación con motivo de ciertos temas el escenario de algunas manifestaciones de fanatismo religioso que sobrepasan los límites de lo escandaloso e irrespetuoso para llegar a ser hilarante, absurdo, anacrónico; pero la juventud, las nuevas generaciones que conforman lo que en unos años será el grueso de la sociedad irlandesa, está bien lejos de la doctrina eclesiástica.

No. Ninguno de estos aspectos podría ser el alma de Dublín. Por un simple motivo: si la tuviese, el alma de Dublín no podría ser otra que la música, la música en las calles.Dublín. El alma de una ciudad

El que no haya estado nunca en Dublín quizás lo encuentre difícil de entender. En una ciudad en la que salir a pasear puede convertirse en una aventura pasada por agua durante la mayor parte del año, en la que refugiarse en un pub o club sea posiblemente la mejor opción de ocio, en la que elementos urbanos tan obvios en nuestro país como las terrazas de los bares o los bancos para sentarse en la calle brillan por su ausencia, una solitaria nota musical callejera puede dotar de vida a la fotografía de calles grises y viandantes nómadas de abrigos oscuros y rostros serios.

Pues, ¿existe acaso algo tan maravillosamente humano como un individuo expuesto a la masa, desafiando al frío y a la vergüenza con sus dedos desnudos por unas pocas monedas? Ya sea una jovencita con su guitarra dando sus primeros pasos hacia la que podría ser una exitosa carrera musical, un grupo conocido en todo el país por sus actuaciones callejeras, un quincuagenario vestido de gala cantando algún viejo éxito de Frank Sinatra armado solo con un micrófono y una versión instrumental en los altavoces, o un inmigrante de aspecto algo andrajoso apoyado en una esquina algo menos transitada, entonando un blues con la esperanza de que su triste actuación sirva al menos para proporcionarle algún tipo de ingreso, pues la situación económica del país no le permite encontrar trabajo.

Ahí está Dublín, en esas melodías que resuenan por sus calles y en sus pubs, a veces con alegría y tono festivo, probablemente consecuencia de un par de pintas, y otras con la melancolía del pobre, del vagabundo, del desdichado, del desecho de la vida urbana. De vez en cuando el turista levanta la cabeza al reconocer una melodía conocida y se une al coro que canta, por décima vez en ese día, la canción de Molly Malone:

In Dublin’s fair city, where the girls are so pretty

I first set my eyes on sweet Molly Malone…

            Mientras tanto, dos saxofonistas con poca pinta de irlandeses tocan en el tramo medio de Grafton Street. A lo lejos, en el comienzo de la calle, a unos metros de la estatua de la puta de Dublín, un pianista ha traído su piano a la calle y fascina a los turistas con la destreza de sus dedos. En el cielo, las nubes grises ocultan los rayos de sol. La ciudad queda sumida en una especie de penumbra diurna, la escena queda en blanco y negro. Pero la música sigue sonando, y Dublín rebosa vida.

Enrique Anarte Lazo,

H de Humanidades

Dublín. El alma de una ciudad (PDF)

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Publicado por en 16 junio, 2013 en Viajes

 

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