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Dubliners

23 Jul

Hoy en Dublín hace un buen día. Un buen día, según los estándares irlandeses, significa que ni llueve ni tiene lugar ese irritante fenómeno atmosférico que tan típico es en este país y que consiste en una lluvia, que no es ni lluvia ni llovizna, que entorpece la vista a los gafotas, pero que no es lo suficientemente trascendente como para merecer que abras el paraguas. También hace sol, pero eso es irrelevante a la hora de calificar un día irlandés de ‘buen día’, porque significaría que los días buenos son más escasos que la lluvia en el desierto.

Los turistas se agolpan alrededor del Spire, ese gigantesco cono de acero inoxidable de 120 metros de altura que se erige en el centro de O’Connell Street. Aquí y allá, se escuchan decenas de conversaciones, especialmente en español (se dice que el gobierno irlandés se está planteado adoptarlo como lengua oficial debido a la creciente población inmigrante hispanohablante). Los múltiples grupos crecen y, llegado el momento, se marchan. ¿Una metáfora del continuo fluir de la vida, del paso inexorable del tiempo? A mi parecer, solo es una molesta consecuencia de la masificación del turismo.

A mi derecha, se extiende Henry Street o “la calle de las tiendas”. De ella vienen y hacia ella van la mayoría de los transeúntes. A mi izquierda, Talbot Street. Un poco menos transformada por el capitalismo y que por la noche, quizás, se vuelve demasiado oscura para los turistas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAún así, también es una calle bastante concurrida. Aunque no muchos parecen darse cuenta, a unos metros de mí, en el nacimiento de Talbot Street, está la estatua del hombre de las posturas opuestas, de los desacuerdos, de la polémica. James Joyce, con su sombrero y bastón tan característicos, permanece ahí, desafiante, altanero, aparentemente invisible para los turistas ávidos de souvenir, que se pelean por sacar la mejor instantánea del Spire. Unas calles más abajo, cruzando el Liffey, está la estatua de Molly Malone, la puta de Dublín. Junto a ella sí se paran las masas, ya sea para cogerle los senos o simplemente para hacer un par de fotos.

Vuelvo a Joyce. Lo primero que hice al llegar a esta ciudad fue comprar la edición más barata que encontré de su Dubliners. Me pregunto si alguno de estos amantes de la ciudad, entre los que, sinceramente, no me incluiría, se tomaría la molestia de leer en un rato de aburrimiento exasperante estas pequeñas historias. Lamentablemente, me temo que no. Quizás sea consecuencia de la manía que tiene nuestra sociedad de querer pintar todas las ciudades del mundo con tonos mediterráneos. Del mismo modo que los ideales de belleza grecolatinos se han arraigado profundamente en nuestro subconsciente, la belleza literaria y artística tiende a ser en los últimos tiempos de una extrema y edulcorada dulzura. ¿Es que ya no queda sitio para la muerte, la soledad o el sufrimiento en este mundo cursi y frívolo?

Podría ser que esta crisis que tanto nos preocupa no solo tenga que ver con la política y la economía. Podría ser que hayamos perdido la capacidad de valorar aquello que vaya más allá de nuestros cinco sentidos. Quizás sea el momento de darnos cuenta de que el Spire reluce y apunta my alto, pero jamás llegará tan dentro como lo hizo Joyce.

Enrique Anarte Lazo

H de Humanidades

Dubliners (PDF)

 
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Publicado por en 23 julio, 2013 en Viajes

 

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