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Basura de la sociedad (I)

17 Oct

Basura de la sociedad 1: Hollywood

Esa luz brillante que sale de las superficies planas en las que basamos nuestra vida, esas pantallas que hipnotizan de forma muy parecida a cómo controlan las mujeres a los hombres: de una forma tan sutil que ninguna de esas magníficas y enormes criaturas sospecha que están siendo manipuladas y sonríen y se dan codazos orgullosos los unos a los otros.

Nos dejamos llevar, es fácil, es cómodo. Yo misma caí en la red colectiva durante un tiempo hasta que desenchufé mi cerebro y desenterré mi pluma de guerra. Había olvidado la dulce sensación del fluir a través de mi mano la destrucción de los pilares en los que diariamente vivo. Y lloro por haberlo perdido durante tanto tiempo.

No me malinterpretéis. La sociedad es increíble y fascinante, hemos conseguido grandes cosas; no obstante, podemos definirla como ese antiguo refrán “Mujeres: no podemos vivir con ellas ni sin ellas”. La anarquía, a pesar de lo que muchos idealistas digan, no funcionaría. Meteos en la cabeza: anarquía es igual a caos. Debemos limar esas espinas que la sociedad misma produce. La basura de la sociedad, que es perfectamente lo contrario de lo que normalmente se piensa del concepto. Cada persona, cada día, cada hora puede cambiar el mundo. Lo único que necesitamos es un papel en blanco y un lápiz; una mente abierta y curiosa y el mundo por descubrir.

Basura de la sociedad nº 1: Hollywood

Basura de la sociedadNadie sabe cuánto daño le ha hecho al mundo entero Hollywood como Hollywood. Es tan fácil caer en la Basura de la Sociedad nº1 que todos lo hemos hecho alguna vez en una tarde aburrida de domingo. El problema no es ese, sino que una cantidad ingente de ideas preformadas, conceptos utópicos y barrios perfectos comienzan a formarse en nuestras mentes, nubladas por un humillo con olor a rosas y acento americano. Crecemos con ideas tan absurdas que ni siquiera nos cuestionamos si acaso existirá otra realidad. Supongo que no os habréis dado cuenta de que los besos en la gran pantalla siempre son más dulces y románticos que en la vida real,  las fiestas más divertidas y las peleas más sangrientas. Estamos tan hipnotizados que cuando somos nosotros el personaje principal de nuestra propia vida todo nos sabe a poco.

¿Por qué ese tópico de gordos con gordas, feos con feas, guapos con guapas? Me consta que muchos han pensado que no pueden aspirar a más. ¡Abrid los ojos! Lo que todos los norteamericanos encuentran en el cajón de su motel no es una biblia, sino las instrucciones de Photoshop.

Vivimos nuestro tiempo más preciado admirando su silicona, sus pestañas artificialmente rizadas, sus huesos cubiertos de piel, sus cinco matrimonios, sus rehabilitaciones. Perdón, señores, por recurrir de nuevo a un refrán, pero ¿quién es más tonto, el tonto o el tonto que sigue al tonto?

 Basura de la sociedad 2: tradición

Somos seis mil millones de personas en el mundo, demasiados para ponerse de acuerdo. Cientos de ideas, religiones, culturas, idiomas. La Tierra. En este nuevo siglo XXI, la era de la tecnología, han surgido una detrás de otra nuevas tendencias que escandalizan a los antiguos soldados españoles y nosotros, la sociedad moderna, lo único  que sabemos o queremos hacer es escondernos bajo un enorme paraguas hasta que pase la tormenta.

Ahí es donde se equivocan los conservadores: si queremos hacer que el mundo avance, tenemos que adaptarnos a las nuevas creencias, a las nuevas manifestaciones de  vida si no queremos que el futuro nos pisotee. Si queremos que nuestro país o cualquier otro camine con paso firme, no podemos detenernos a mirar al pasado. Esa típica frase hollywoodiense también puede aplicarse a la política. ¿Qué hubiera pasado si nadie hubiera apoyado a Martin Luther King? ¿O si ninguna mujer hubiera levantado la voz para luchar por sus derechos y quedara, sumisa, escondida en la oscuridad?

Los cambios son duros, nadie lo niega, pero también son necesarios para avanzar. Dentro de unos años veremos las corridas de toros como una brutalidad de la misma forma que hoy en día vemos los corsés del siglo XIX. Por supuesto quedarán insistentes que crean que de la misma forma que ellos son humanos y capaces de pensar, los animales, al carecer de ello, son insensibles a un pincho de metal clavado en la espalda. Desde luego son seres humanos y capaces de pensar, pero desafortunadamente la naturaleza no les bendijo con el don de la inteligencia ni la empatía; aunque sí con la capacidad para hablar, y hablar muy alto, sobre la decencia, la moralidad y su palabra favorita, la tradición.

Este mismo ejemplo podemos aplicarlo a la ley de Estados Unidos que permite a cualquier persona llevar y poseer armas. Esta vez hablan de protección, seguridad y tradición. Me gustaría puntualizar que su ley por la seguridad ha alzado el porcentaje de muertos por arma de fuego a 9.900, cuando en Turquía, el país que le sigue, asciende a 535[1]. Debemos tener también en cuenta que la mayoría de los compradores de armas estadounidenses son hombres, blancos y conservadores. ¡Sorpresa! Es este tipo de personas los que idealizan el pasado y mantienen viva una ley que se promulgó en 1791, en la época en la que los cowboysaún con botas y sombreros de piel y los amerindios vivían en su propio territorio. Qué orgullo mantener lo que ellos llaman un derecho, aun cuando mata más personas de las que protege.

No podemos pasar por el mundo sin intentar convivir con el resto de las personas. Esos  blancos conservadores que lo han tenido fácil en la vida arrasan con todo a su paso. No han sentido la impotencia de no ser aceptado por la sociedad, de no tener oportunidades, ni sueños, ni metas.

Ya va siendo hora de que nosotros seamos los condescendientes, los negros, el género fuerte, los homosexuales, los rojos. Sí, porque hoy en día los colores se llevan con orgullo.

Iris César del Amo

 
2 comentarios

Publicado por en 17 octubre, 2013 en Parlamento, política y opinión

 

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2 Respuestas a “Basura de la sociedad (I)

  1. María PR

    30 octubre, 2013 at 11:08 pm

    “Crecemos con ideas tan absurdas que ni siquiera nos cuestionamos si acaso existirá otra realidad.”

    No sé tú, pero yo crecí con un genio: un señor que me hizo temblar de miedo con los rugidos del mundo Jurásico, un señor que a través de un arqueológo, sombrero de Indiana y látigo en mano, me hizo despertar mi curiosidad hacia el pasado más remoto y desconocido del hombre. Un genio que me hizo descubrir valores tan importantes en la base de mi educación como la amistad a través de sus ganas de hacer cine. Porque a un niño eso es lo que hay que despertarle: la curiosidad y la imaginación, para que piense por sí mismo y crezca reflexionando y pregutándose el porqué de las cosas. El cine (el buen cine) ayuda mucho a ello.

    Está claro que existe el llamado “cine teenager” o, dicho más claramente, “cine basura”, con muchas películas que buscan solo el dinero y pegar el taquillazo más allá de una buena historia o de aportar algo en el público. Pero para mí (y para muchos cinéfilos) el cine es un paseo a media noche por la París de Woody Allen (o por la Manhattan de los 70), un diálogo del Tarantino más duro y descarado, un sueño retorcido e inacabado de la pluma del grandísimo Christopher Nolan, son las lágrimas de un público que tras tres horas sin respirar ve hundir a ese inmenso barco que ha chocado contra la fuerza de la naturaleza a través de un iceberg. Lo bueno del cine es que hay para todos los gustos y colores. El cine es universal. Llamar “basura” a tantas obras de arte del s. XX es como destrozar una vanguardia o un estilo artístico completo.

    PD: ese genio con el que crecí es un director, productor y guionista llamado Steven Spielberg, ¿quién si no?

     

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