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La vergüenza

24 Oct

El anciano se miró al espejo y apenas se reconoció. Pasó sus dedos diminutos, deformes por la artritis, por su nariz, por las mejillas, por el labio. El espejo le devolvió una imagen distorsionada de sí mismo. Maldijo a su cerebro por engañarlo así, por empeñarse en hacer prevalecer en sus circunvoluciones, como un caballo asustado, la imagen del hombre joven de ojos poderosos, mirada inquieta, nervio a flor de piel, dientes perfectos y cuerpo robusto. Echó un último vistazo a la carta que reposaba, aún sin guardar en el sobre, su letra menuda y temblorosa, y sopesó la pastilla en la mano.

Sobre el espejo, apoyada en su propio canto, una fotografía sin enmarcar. La pareja joven y hermosa en el día de su boda conservaba cierta libertad que se pierde con los años, guardaba cierta energía imposible de predecir en las miradas de los casados.  El fotógrafo se había esmerado en imitar la letra de imprenta: Adolf Hitler y Eva Braun, había escrito con una pluma. La tinta de pluma, con los años, desaparecía…  Dentro de poco sólo quedaría la sombra de aquellos nombres.

Volvió a mirar la pastilla en las manos, apenas una duda grisácea sobre su piel arrugada. La pastilla parecía tragarse el sudor de su mano, tantos años llevaba guardada en el cilindro metálico, tiznado de negro, que mantenía en el  cajón. Sus ojos se detuvieron de nuevo en el rostro joven de Eva Braun, en su belleza atemporal, sus ojos que invitaban a entregarse, el gesto juguetón que parecía tratar de contener su boca; él, en cambio, aparecía serio, distraído, con cierto aburrimiento, como si deseara que el ritual de la foto de bodas terminara cuanto antes. El anciano se entregó a la imaginación y la encontró de nuevo frente a él, desnuda, su pecho bajo, pero firme, su silueta de sirena, su pubis castaño, el ombligo como un seis desdibujado. Las manos envejecidas asieron el aire como si trataran de sostener los senos de una Eva Braun joven y anónima, la mujer más enigmática que habría de dar la Historia.

Cogió la carta y la releyó. Tachó alguna coma, escribió en el sobre una dirección que ya había escrito veintitrés veces antes, todas de forma inútil, y dobló el papel para guardarlo en el sobre. Escribió en el remitente su nombre –Stefan Wiesenthal- y estuvo tentado a escribir su antigua dirección en Mallorca, pero al fin decidió que lo mejor sería no escribir dirección de vuelta.

Le pareció oír el coche de Rosa en la calle y decidió echar un vistazo por la ventana. La calle argentina estaba llena de color, pero echaba de menos su casa costera en la playa balear. Escondió el cilindro y el sobre en el mismo cajón, se sentó en la silla a esperar a la enfermera y cerró los ojos. Se encontraba agotado; la noche anterior no había pegado ojo de los nervios. Unos nudillos golpearon la puerta y él respondió Adelante, y enseguida entró Rosa con su metro cuarenta y su pelo negro recogido en una trenza tensísima, toda su cara una sonrisa de piraña:

Buenos días, señor Stefan.[1]

—Hola.

Rosa abrió la ventana para que la habitación se aireara y salió a por el carro de limpieza. El anciano permaneció sentado, sin moverse, atento a los títulos de los libros sobre la estantería: El secreto de la Atlántida, Mein Kampf, Biografías: Adolf Hitler, El Ascenso del Tercer Reich, Historia política del siglo XXI, El camino del cambio… Sobre la mesita de noche, sin embargo, reposaba el estudio hecho por un historiador canadiense sobre la muerte del Führer en un búnker junto a la hermosa Eva Braun, La muerte de Adolf Hitler: un estudio; en la portada, dos cuerpos carbonizados. Rosa entró de nuevo en la habitación con su carrito: parecía un ciclón.

—Me he meado —dijo él.

Esto lo dijo con la cabeza gacha. Aún sentía la humedad del pijama y los calzoncillos en las nalgas, el frío sobre el vientre. La ecuatoriana no lo entendió, pero él señaló vagamente con sus dedos al pijama mojado. Rosa dijo algo al respecto, medio gritando, porque el español era un idioma estridente, aunque de buen humor. Quitó las sábanas empapadas y la funda del colchón en un santiamén, sin poner mala cara. El anciano pensó que su mujer habría sido incapaz de hacer algo así por un desconocido, que ninguna mujer alemana, ninguna mujer europea, a decir verdad, habría sido capaz de quitar la mierda o el orín o el vómito de un viejo enfermo ni por todo el oro del mundo. Entonces se retractó: tal vez las españolas, las portuguesas, sin duda las griegas, todas las venidas de los países pobres del este. Se preguntó si Rosa sentiría vergüenza al lavar su ropa sucia, al ducharlo con esas esponjas enjabonadas, al frotar sus genitales arrugados, si mientras lo hacía pensaría en su marido, si tendría hijos, si tendría familia. Jamás lo sabría, pues no eran capaces de comunicarse más que por señas, aunque ella no paraba de hablar todo el tiempo, como a sabiendas de que no la comprendía se aprovechaba de su pasividad y vomitaba todo lo que le pasaba por la cabeza, y es que entre dos seres que no se conocen, con el hábito se difumina la vergüenza. Él mismo la había perdido con el transcurso de los días, y ahora se enfrentaba a los brazos fuertes de Rosa alrededor de su cuerpo, al leve olor a sudor, a su piel morena contra la suya pálida, a su empeñarse en tararear algo mientras se ocupaba de su barba, con total indiferencia.

Rosa se inclinó sobre él, le ayudó a levantarse y fueron juntos al cuarto de baño. Aún guardaba la pastilla en la mano. Aprovechó el momento en que ella salió a por las toallas. Metió la pastilla en el tubo de pasta de dientes y comenzó a desvestirse con dificultad; Rosa llegó con un papel en la mano. La fotografía.

El anciano palideció, pero Rosa no parecía haberse percatado de la identidad de los protagonistas de la instantánea, ya que la agitaba hacia él con algo parecido a dulzura.

—¿Era ésta su señora? ¿Y usted en el día de su boda? Se les ve bien lindos, hacían muy buena pareja.

Él asintió con una sonrisa falsa, sus mejillas rojas. Hizo un esfuerzo por recordar algo en español, y finalmente afirmó, con un fuerte acento alemán:

—Muy linda…

Esos trámites cotidianos le hacían enfermar. Rosa dejó la foto sobre el radiador y se dispuso a desvestirlo. Cuando le quitó la camiseta interior, empapada hasta el pecho, y le bajó los calzoncillos, se sintió violento como la primera vez. Recordó la primera vez que había sido consciente de que otra persona lo desnudaba, como cuando se cayó en la calle, tendrías tres o cuatro años, y su madre lo desnudó en el portal del edificio para no tener que subir las escaleras, y allí mismo lo desnudó, ante la mirada indiferente de algún vecino. Recordó, cuando las manos de Rosa se posaron en su pecho cano, la primera vez en que Eva se atrevió a desnudarlo, después de casados, un día después de varias noches fuera de casa, en que se sentó en sus piernas y le quitó la corbata y le desabotonó la camisa poco a poco para luego besar su nariz, su cuello, sus pezones. Cuando Rosa frotó su axila, el hombre se estremeció. La enfermera rio; él cerró los ojos. Recordó la última vez que desnudó a Eva y ella lo desnudó a él, una semana antes de perderla, de abrir el cilindro y entregárselo envuelto en un pañuelo de hilo blanco. Recordó que ella llevaba un vestido rojo de corte clásico y sombrero negro, pequeño pero pesado. Recordó que la desnudó hasta dejarla sólo con las joyas, un colgante en forma de pájaro dorado entre sus pechos, dos pendientes de perlas blancas, la alianza, una pulsera de oro macizo. Recordó que a cada beso se obligaba a no entregarse por completo, a no sucumbir como hombre cuando no había sucumbido como líder, y que cada beso, cada vez que tocaba la piel todo sabía a algo sucio, algo que en principio se negaba a atender, pero que pronto se desveló como la forma de la vergüenza.

La vergüenzaRecordó la última vez que la vio, su silueta recortada en la luminaria de la puerta, su mirada triste, pues le había prohibido llorar, le había prometido desnudo que en cinco días estaría junto a ella en aquel búnker bajo tierra. Imaginó, entre los brazos de Rosa, qué habría sentido aquella dama dura y divertida, aquel atajo de carne y luz, al ver que el hombre que entraba por la puerta del búnker no era más que un impostor, un paria, un mártir entregado a la causa, aquel a quien sólo podría haber descubierto ella, e imaginó, cómo no, la vergüenza que habría sentido Eva Braun al descubrir que su marido no era más que un cobarde, si habría gritado entonces, si habría maldecido, si habría llorado entonces. Stefan se dejó resbalar de vuelta a la silla de plástico y dejó que Rosa aclarara la espuma de su cuerpo macilento: sus brazos, su barriga, su rostro, su pene, sus piernas… Entonces, Rosa lo envolvió con una toalla que olía a limpio y lo mantuvo abrazado contra sí para que el algodón se empapara en agua. Cuando se separaron, se miraron a los ojos como si se hubieran encontrado entonces, como dos desconocidos se mirarían en circunstancias difíciles, como dos antiguos amantes, la cuestión es que Rosa se inclinó sobre él y buscó su boca, buscó sus labios, y con su lengua buscó la lengua del mayor villano desde que el hombre era hombre. Él recordó de nuevo a Eva, besó a Rosa como un adolescente, con los ojos cerrados, y cuando ella se separó de él aún permaneció así unos minutos, en silencio, como encogido por la vergüenza de besar a aquella mestiza. Sin embargo, cuando al fin abrió los ojos y la vio perderse por la puerta, su silueta recortada contra el día que invadía el cuarto, se le antojó la mismísima Eva Braun con su vestido rojo. Rosa salió sin decir nada, sin hacer ruido, como si nada extraordinario acabara de suceder, y el anciano supo que jamás la volvería a ver.

Se vistió con calma, prenda a prenda, con un antiguo traje de chaqueta y corbata burdeos. Se hizo el nudo frente al espejo y volvió a por la fotografía, la dejó apoyada sobre el borde superior del mueble y sacó el sobre del cajón. Lo depositó sobre la cómoda con la dirección del destinatario, Kinga Wiesenthal, hacia arriba. Cuando la nieta de Stefan Wiesenthal la leyera, sería demasiado tarde. Le avergonzó tener que trasmitirle el acto heroico llevado a cabo por su abuelo a través de un papel, y no en persona, ni siquiera con una llamada de teléfono, pero ya era tarde. La pastilla –la había vuelto a sacar del tubo de dentífrico y reposaba de nuevo en su mano, ahora pegajosa y pesada- de cianuro apenas le daría tiempo de sentarse con tranquilidad como para ahora lamentarse. Se dejó caer sobre el colchón y vio al anciano en el espejo. Se dijo que el anciano era Wiesenthal, el fantasma que le había perseguido desde que murió bajo el búnker en su lugar; se dijo que él no había dejado de ser el hombrecillo enérgico que estuvo a punto de hacerse con el mundo; se dijo que no había en ello nada de qué avergonzarse, en cualquier caso de haber engañado a Eva en su despedida, haber prescindido de su bigote para pasar desapercibido –la carne sobre el labio siempre le había parecido lechosa y muerta, un fantasma ausente-, de no haberse despedido de Rosa con un simple Gracias.

En su habitación del residencial “Los Angelitos Negros”, al norte de la Pampa argentina, a sus noventa y un años, se lleva la pastilla de cianuro a los labios y mira al espejo. Piensa que todos los fotógrafos del planeta desearían captar la desolación de esa mirada, mirar a los ojos al monstruo, perderse en la maldición de la Medusa donde algún día, en la edad pura del niño que no comprende, habitó la vergüenza.

Jose Alberto Arias Pereira


[1] En español

 
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Publicado por en 24 octubre, 2013 en Tintero

 

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