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Diez piezas para salvar el mundo

14 Nov

O el porqué del teatro en la escuela

“Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano,
pues si, en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano.”

De “El asno y su amo”,  Tomás de Iriarte

Siempre que pienso en Polonia, esa patria que esconde en el poso judío de su música su pena y su gloria, narradas bajo la cultura klezmer de los migrantes que no fueron y se fueron, imagino un patio de vecinos donde las ventanas son un palco inigualable ante el espectáculo del vecindario. Un teatro donde la vida ha podido transcurrir serena o a escondidas, pero siempre sobre el escenario crudo de la vieja Europa. En su disco “Ten pieces to save the world”, el grupo polaco Kroke Band nombra los antídotos para esta paz que no hace eco, tan buscada: sol, desierto, infancia, cueva o esperanza, son algunas. Bajo la premisa de crear un puzzle propio como herramienta ante los devenires de la vida surgió “Act Attack”, una suerte de propuesta dramática nacida en el seno de un instituto de enseñanza secundaria. También en un patio. Y de ahí el resto.

Lloverán recortes o mermarán los hábitos de la educación ganados en pro de la igualdad de oportunidades, pero de la misma manera que aquello que leí de que “hasta el peor libro es mejor que los mejores apuntes”, debo añadir que siempre llegará un buen profesor que destrone al mejor manual, todo sea dicho. De cómo me topé con los alumnos del I.E.S. Fernando de los Ríos, en Málaga, es una historia que reside en la profunda admiración de aquellos que contigo se desvivieron porque QUIEREN lo que hacen. Y enseñan. Así comenzó la aventura del teatro en el aula, quizás como a mí llegó el teatro, también en el aula.

En su origen el arranque  implicó más prudencia que indecisión, me atrevo ahora a decir, dos años después de aquel agosto en que fuimos conscientes de que, si algo había que cuidar de la enseñanza bajo el cielo de estos tiempos convulsos y sociales, era a aquellos que querían apre(he)nder, por encima de decretos palaciegos. En la escuela hay un potencial infinito que late a veces subyugado por la rutina y eso es un peligro que jamás, por aquello del hastío y la “monotonía de lluvia tras los cristales”, debería pasar desapercibido. Por ello y en marcha, comenzamos con un taller experimental de dos horas semanales que, si bien en un principio fue concebido para representar una obra ajena, pronto evidenció que debe subirse la intensidad a aquello que vibra por dentro y por sí solo.

Escena“Diez piezas para salvar el mundo” fue el fruto de nueve meses de cara a cara, cuerpo a cuerpo y letra a letra con un grupo de unas 35 personas de entre 12 y 40 años y con todas sus pasiones entrelazadas. En base a textos de Federico García Lorca, Albert Camus, Ismael Serrano, Arthur O´Shaugennessy, Umberto Eco, Michel de Montaigne, Eduardo Galeano, Ana Alcolea, Stefan Zweig, Cesare Pavese, Charles Bukowski, Vladimir Navokob, Julio Cortázar, Erika Martínez y otros propios, la obra pretende ser una crítica y homenaje a todos aquellos que aportaron una pieza fundamental al pensamiento y la cultura, como arma de ataque y como palabra que se erige para salvarnos. Pero también la música de aquellos tañedores de instrumentos: un conjunto de cámara compuesto por alumnos recrea la escena y la conmueve, con piezas cortas creadas para la ocasión. En total, un paseo de 80 minutos en torno a héroes desapercibidos pero conmemorados o recordados, que no es sino una etimología bella que reside en el corazón (del latín re-cordis, cardio). También la escenografía es un compendio de materiales reutilizados para la ocasión: focos de jardín a modo de candilejas y cajas de cartón en forma de elementos movibles. Un juego de trueque donde la puesta en común de lo que se posée es el elemento principal.

Actualmente trabajamos en Chejov y su “Jardín de los cerezos”. La esencia sigue siendo la misma y esta vez la cultura rusa como una forma de entender las pasiones humanas que nos son tan comunes.

Sería un error supeditar el éxito de un proyecto en este ámbito únicamente a la buena voluntad de un conjunto de docentes. ¿Qué lleva a los gobiernos a considerar o no las enseñanzas artísticas como elemento integrador  y formador en el aula? Ejemplos como la red federal alemana “Tanz in Schulen” (Danza en las Escuelas), o la conversión en orquestas de 830 clases de escuelas elementales y colegios públicos en Francia, de indiscutible éxito, provocan el desasosiego en aquellos que hemos visto plantearse y comprender el arte a adolescentes en un patio de recreo, un teatro para adultos hecho por chavales, de manera consencuente y comprometida y por tanto, con una madurez latente; una experiencia o una actitud ante la vida que nos espera. El teatro como protesta y también como arma y expresión de lo que no queremos y buscamos como personas.

Silvia Guerrero Rosal

 
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Publicado por en 14 noviembre, 2013 en La última fila, Parlamento, política y opinión

 

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