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Basura de la sociedad (II)

21 Dic

Lee Basura de la sociedad (I)

Basura de la sociedad 3: Borreguismo

Nada me asusta más que pensar que el camino que he seguido en la vida ya estaba marcado con tinta indeleble desde antes de que yo decidiera seguirlo. Pensar que puedo llegar a ser tan predecible me hace sonrojar hasta el punto de preguntarme el por qué. ¿Por qué ese grado de previsibilidad en la raza humana? ¿Por qué nos movemos en masa, por qué compramos lo que compramos, por qué hablamos sobre lo que está encima de la mesa y nunca nos agachamos para ver lo que hay debajo? Funcionamos como una gran manada. Nos ayudamos los unos a los otros, pero también nos desgarramos el cuello para demostrar quién es el más fuerte y llevarse a la hembra. La inteligencia nos sale por la culata y, esta vez, los grandes y fuertes machos ya no tienen que demostrar que sus colmillos de morsa son los más largos. Han perfeccionado tanto sus artes que pueden controlar a su rebaño recostándose tranquilamente en sus sillones acolchados. Han sido tan astutos hasta el punto de conseguir que todo el mundo en casa tenga uno de los artilugios de los que se han beneficiado.

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Actos tan cotidianos como presionar un pequeño botón o pasar una página pueden convertirse en fuertes mecanismos de control mental. Cada día nos informan de noticias que estamos ansiosos por conocer, que nos dejan asombrados e impactados. Cada día cientos de personas salen a la calle a buscar la última hora porque están comprometidos con el espectador o el lector. Cada día nos enteramos de lo último en el panorama mundial. Y sin embargo, cada día en cada cadena, en cada emisora, en cada periódico nos informan de lo que ha sido elegido para revelarse ese día, de lo que está aceptado que es importante. Ya no importa qué canal escojamos, qué marca o empresa. Las fronteras entre unos y otros se difuminan tanto que es inútil que intentemos distinguirlos.

Aceptamos, nos conformamos, nunca cuestionamos. Estamos dentro de una caverna donde nos alimentan con un contador de gotas mientras nosotros abrimos la boca, agradecidos, por la inmensa bondad de la mano que nos da de comer. ¡Nosotros mismos tenemos manos, nosotros mismos podríamos dar grandes cucharadas! Vivimos relajados en lo que nos ha tocado porque la vida es así y no vamos a ser los privilegiados que puedan cambiarla. Por favor, no os rompáis una uña intentando mejorar la corrupción que vemos diariamente, la superficialidad, la ignorancia, la frialdad, el egoísmo, la indiferencia. En la indiferencia se oculta el mayor mal de toda nuestra cultura. Ponemos una buena sonrisa mientras vemos apalear nuestros derechos en la piel de nuestro vecino y gritamos pataleando de indignación cuando somos nosotros las víctimas de nuestra propia apatía mirando alrededor aterrados porque el resto del mundo mira hacia otro lado como esos famosos muy comprometidos por una causa siempre que uno de sus allegados haya sufrido por ella.

Aceptamos y obedecemos. Nos dejamos llevar por la corriente, nos dejamos alimentar, nos dejamos informar, nos dejamos vestir. La moda, esas modas pasajeras y efímeras que se suelen seguir como por acto reflejo y que no hacen más que formar un patrón que se repite una y otra vez hasta multiplicarse por toda la población y formar un enjuto de maniquíes perfectos indiferenciables entre ellos.

No pretendo aleccionaros, simplemente quiero haceros entrever mi miedo. Un terror espantoso a que nos chupen por dentro y nos dejen secos, a que hagan que pensemos igual, vistamos igual y seamos iguales. A que nos conviertan en uno porque uno es mucho más fácil de dirigir que muchos. Una frase que ronda por internet dice que “si lees lo mismo que los demás, pensarás lo mismo que todos”.
Es una necesidad buscarte a ti mismo, ya que eso es en definitiva en lo que consiste la vida. Buscarte y encontrarte y disfrutar en el camino. Sentirte especial porque no habrá nadie como tú ni con tus mismas ideas ni sensaciones ni sentimientos. Ya es hora de que agarres con fuerza el remo y comiences a apartar agua hacia los lados para abrir camino dentro de la fuerte corriente.

Basura de la sociedad 4: La nueva tecnología

De un tiempo a esta parte hemos podido ver grandes avances en la ciencia y en la tecnología. Desde la aparición del ordenador a los más novedosos y microscópicos chips. En el campo de la medicina hemos progresado increíblemente hasta mejorar la calidad de vida de tantas y tantas personas, nuestros transportes ya casi parecen sacados de una película futurista y nuestras películas casi parecen realidad. La tecnología es aplicable a cualquier ámbito de la vida y nadie duda de su utilidad y comodidad: ya no estamos supeditados a un número limitado de fotografías a ciegas, a horas en bibliotecas enterrados en hileras de los libros disponibles de los que pudiésemos echar mano,  a buscar cambio para la cabina de teléfono más cercana o incluso a escribir a mano. Modificamos genéticamente alimentos para alivio de celíacos y podemos  trabajar en empresas cuyas sedes se encuentren a kilómetros de distancia. Nadie cuestiona todo lo que la tecnología nos ha facilitado y lo que con toda probabilidad nos facilitará, la posición despreocupada en la que nos permite vivir. Sin embargo, lo que me hace levantar una ceja de desconfianza son los dispositivos emergentes, la nueva carnaza, la última moda. Me hace preguntarme si me estoy quedando anticuada a tan temprana edad o es que mi sentido común me impide ver algo que por lo visto la mayoría ambiciona. El mundo debe avanzar. ¡Que avance! No seré yo la que lo detenga. Pero que avance ¿hacia dónde?

Me preocupa la era tecnológica en la que vivo, en la que la sociedad da pasos tan agigantados como nunca lo había hecho y no tiene tiempo para pararse a mirar qué ha aplastado bajo su gran pie. Hace ya mucho que perdimos las risas de los niños jugando en la calle, pues antes de que cuenten su edad con los dedos de una mano ya han conocido al amigo más fiel que nunca tendrán: una pequeña pantalla frente a sus ojos. Tan estrecha es su amistad que les resulta imposible levantar la vista hacia el mundo real. Cuanta más tecnología pongamos entre nosotros mismos y el mundo, menos apreciaremos la humanidad que vamos perdiendo entre tanto. Cuando se inventó el revólver, el asesinato se convirtió en un acto mucho más frío, ya que un gatillo en la distancia camufla la culpabilidad que con toda seguridad sentiría al notar la sangre entre los dedos. Nos vamos distanciando sin darnos cuenta mientras la tecnología se va instaurando en nuestra vida cotidiana hasta formar parte de ella.

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Lo último en esta tendencia son los controvertidos drones, aeronaves sin necesidad de piloto a los que tan firmemente se opone la ONU por ser utilizados para realizar misiones de reconocimiento de forma autónoma o incluso, más recientemente, para llevar a cabo ataques. Esta nueva tecnología no hace más que hacer que resulte más fácil eliminar vidas extranjeras sin la necesidad de perder o arriesgar algunas nacionales.

Tomando ejemplos más cercanos, la falta de humanidad, y cuando hablo de falta de humanidad no me refiero a crueldad, sino a la carencia de características típicamente humanas, funciones como Whatsapp o las recientes Google Glass se convierten en poderosas armas contra la quizá anticuada técnica de la comunicación cara a cara. De nuevo, nadie niega su utilidad, pero tampoco nadie puede negar haber visto alguna vez a un grupo de personas sentadas juntas en silencio, perdidas en las pantallas de sus respectivos móviles.

No me gustaría despertarme un día dentro de diez años para descubrir que he desarrollado grandes volúmenes de grasa al estilo Wall-e, que puedo regular el tono de verde de los árboles a mi elección o que mi casa analiza todos mis movimientos y analiza mis gustos. No tengo miedo de la tecnología, no temo que mi casa decida repentinamente asesinarme como hemos visto en el cine, temo que todo ese confort y bienestar nos aísle en nosotros mismos, nos atonte, nos amaine el cerebro hasta caer dormidos eternamente y que un día cualquiera, de forma callada, nos demos cuenta de que ya no existimos, de que ya hemos muerto.

“No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.”

Iris César del Amo,

H de Humanidades

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Publicado por en 21 diciembre, 2013 en Parlamento, política y opinión

 

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