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Todo el cielo sobre la tierra

24 Dic

Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy), Angélica Liddell

Quien va a ver una obra de Liddell espera ante todo ser sorprendido, sabe que no se encontrará con una obra de teatro cotidiana, sino con una obra de teatro de lo cotidiano pero desde otra perspectiva. En esta pieza de teatro que recorre Europa (a lo Marx), Angélica mezcla la tragedia de la isla de Utoya, el cuento de Peter Pan y su amor por China (no exento de crítica). Es el fin de una trilogía dedicada al gigante asiático.

Como amante de la palabra, tengo que  recalcar que lo que me apasiona del Liddell es su uso del lenguaje, de las metáforas de las imágenes, de lo banal…; su capacidad para crear léxico y estructuras lexicalizadas que se repiten una y otra vez a lo largo de la obra, como un estribillo. Quizás un modo de facilitar al espectador-lector (lector porque la obra se desarrolla en mandarín, noruego, español  e inglés que entendemos gracias a los subtítulos) su conversión en aedo, que repetirá esas reflexiones en su fuero interno.

La música recorre también toda la obra: una orquesta, una canción a la manera tradicional china, varios valses y otras melodías que pertenecen al imaginario de todos nosotros. También este acompañamiento nos ayuda a ponernos en situación a entender los entresijos de Wendy, de Utoya, y todos los desdobles que Angélica nos propone para acercarnos a la problemática de nuestra sociedad actual, extremadamente preocupada en crear una imagen que no le corresponde: la de las madres sacrificadas, la de los voluntarios entregados, la de los pederastas y pervertidos que no lo son en el día a día pero sí en su soledad. Da miedo pensarnos así, como bestias irracionales guiadas por pulsiones, pero eso sólo es parte de nuestra naturaleza humana, que se masturba, que ama, que mata, no es nada novedoso, aunque sí algo que no terminamos de aceptar como beatos que somos.

Son dos horas de espectáculo altamente recomendables, por su escenografía que podríamos calificar de surrealista y de ensueño, aunque a la vez tétrica, por el acompañamiento musical, por las performances de Liddell, y por la calidad teatral en general. Ningún amante del teatro de vanguardia debería pasar por alto esta cita para alinearse de la sociedad y volverse a encontrar en ella renovado, una resurrección, como la propia Liddell repite hasta la saciedad en ese espacio-tiempo teatral: «¡qué dolorosa es una resurrección!»

Calendario de Angélica Liddell

Miriam Sivianes Mendía

 
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Publicado por en 24 diciembre, 2014 en (H)arte

 

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